10.1.2008

Torres Siamesas

Se nos encargó hacer una torre de vidrio que albergara todo lo que tenía que ver con los computadores de la universidad. Esto tenía 3 problemas: los computadores, el vidrio y la torre.

En primer lugar, la pregunta que nos hacía la universidad era: ahora que tenemos computadores ¿va a cambiar sustancialmente la manera de enseñar y por tanto las tipologías arquitectónicas que usamos para espacios educativos? ¿ tiene sentido todavía hablar de «salas» ahora que estamos ubícuamente conectados ?

El tema de los computadores tiende a basarse en una fe un poco desmedida en que ellos van a cambiar radicalmente nuestra vida. Eventualmente lo han hecho y lo seguirán haciendo, pero queríamos poder dudar de si efectivamente se produce algún cambio. Nuestra respuesta se dividió en 2: Si y No.

Si cambia porque el paradigma del buen lugar de estudio y de trabajo nos pareció que se había invertido. Si hasta ahora ese buen lugar era visto como un lugar bien iluminado, ahora que hay computadores, de lo que se trata es de construir una buena penumbra que elimine el molesto reflejo sobre las pantallas. La luz no debe llegar a nuestros escritorios, porque sale desde ellos. Este hecho nos llevó a explorar una arquitectura relativamente hermética, con perforaciones muy controladas hacia el exterior. Por ello enterramos la placa de la torre (lo que nos permitió usarlas por arriba públicamente) y para ello redujimos las aberturas de la torre a su mínima expresión.

Por otra parte nos pareció que la cosa ahora que hay computadores no cambia nada, porque nada va a reemplazar a la más arcaica y efectiva manera de transmitir conocimiento de una generación a otra, que es por medio de buenas conversaciones entre personas (ya sea entre maestro y discípulo o entre estudiantes) a la sombra de un buen árbol, o tomándose un buen café o encontrándose al paso en un buen corredor. (Teníamos en mente la antigua noción de institución de Kahn, en este caso la de una escuela).

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Creíamos que la mera más convencional de enseñar, está cautelada por las normas (iluminación, visión, acústica). En cambio el aprendizaje informal no lo cuida nadie y nos pareció que ahí había oportunidad de proyecto. Para ello pensamos que la placa de la torre podía asumir la forma de planos inclinados de madera en los cuales echarse entre horas de clases, a tomar el sol o la sombra de la propia torre o del parque según fuese la época del año. El espacio de 9 alturas entre la torre de cemento y la de vidrio lo concebimos como la magnificación de la conversación de pasillo. Y en ese sentido no sólo nos parecía que el aula da los mismo si cambia o no, si no que lo que debíamos era movernos tan atrás como fuera posible (en vez hacia delante) hacia formas primitivas de ser y estar.

El segundo problema consistía en que hacer una torre de vidrio en Santiago implica hacerse cargo del efecto invernadero. El presupuesto disponible no nos permitía comprar un muro cortina que fuese capaz de resolver de una vez todo el conflicto (vidrio doble, cara exterior reflectante, vidrios pigmentados). Y aún cuando hubiésemos podido pagarlo, una piel de vidrio igual obliga a un gasto muy alto en equipos de aire acondicionado. Por último, el vidrio espejo no nos atraía demasiado como material para la fachada.

Entonces, en vez de pensar en una piel que hiciera todo el trabajo (resistir la intemperie, la lluvia, la contaminación, el envejecimiento, regular la luz y controlar las pérdidas y ganancias energéticas), cuestión que cuesta US$120 x m2, pensamos que sería mas económico hacer varias pieles en que cada una fuese buena para una cosa a la vez. Así fue como proyectamos una piel exterior de vidrio corriente, muy mala para el control energético, pero excelente para resistir el polvo, la lluvia y el envejecimiento. Más adentro proyectamos un edificio de fibrocemento, muy malo para resistir la intemperie, pero muy bueno desde el punto de vista térmico. Entre ambos: aire. Todo lo que había que hacer era evitar que el efecto invernadero que se genera detrás del primer edificio de vidrio, llegase al segundo edificio de fibrocemento. Para ello dejamos que el espacio entre los dos edificios se comportase como una chimenea perimetral que por medio de convección dejase salir el aire caliente por arriba. La piel de vidrio no llega al suelo, dejando entrar aire fresco en la base; un viento vertical, el cual es acelerado por efecto Venturi en los «acinturamientos» de la torre, sale por una superficie equivalente dejada en la parte superior. La suma de cada una de estas pieles que hacen una cosa a la vez, fue de US$90 x m2, un 30% más barato que el producto de línea, lo que nos permitió entrar en costo.

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Por último estaba el problema de conseguir una torre: la superficie con que contábamos era sólo de 5000 m2. Por más que achicáramos las plantas para obtener una proporción vertical, la forma resultante era más bien «gorda» o de contextura gruesa, por decirlo de alguna manera.

Lo único que se nos ocurrió entonces, fue partir el edificio en 2 a partir del séptimo piso. Cada una de las partes resultantes fue construida usando perfiles de aluminio de distinto color, los cuales prácticamente carecían de espesor. Buscábamos que frontalmente el edificio se leyese como un único volumen bicéfalo, pero que en escorzo dada la diferencia cromática de los perfiles, se pudiese leer como 2 torres, cada una de ellas efectivamente verticales, las cuales compartían gran parte de su cuerpo, como si se tratara de estructuras siamesas.

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