14.10.2015

Scalae Daniel Silberfaden

Tiempo antes de que ni tan siquiera Daniel Silberfaden imaginase su actual relación con la Sociedad Central de Arquitectos tuve la ocasión de proponerle una broma a la vista de su fascinación por la mesa que Alejandro Christophersen dejó como patrimonio presidencial en la SCA: hacerle una foto allí dispuesto.

Una foto que ya no está, es recuerdo: se perdió. Ha pasado un tiempo y… en algún momento olvidaré, olvidaremos, si la foto se hizo antes, durante o después, tal era el acomodo de Silberfaden a lo que, en definitiva, transmitían la postura, la mesa, la imagen: sentido del tiempo y de la responsabilidad, sacrificio personal y compromiso colectivo. Son cuestiones que no precisan, por otra parte, la escenografía de la mesa, y que desvelan con fuerza lo que constituye el centro del recuerdo: un rostro curtido, muy adulto, iluminado por una mirada inteligente, escrutadora, exigente… de rictus cómplice. Son buenas noticias para una sociedad, como la de Buenos Aires, que alguien capaz de pensar y hacer buena arquitectura oriente, también, su potencial y complicidad a la autoexigencia del bien común y, mas aún, cuando esto se produce desde la anónima cota del asociacionismo social o profesional.

la presencia de mis Padres…
Sin dudar, cada uno dio lo necesario para ser parte de lo que soy. Ser arquitecto lo marcó, entre otras cosas, mi placer por el dibujo que estuvo fuertemente influenciado por mi madre, que lo hacía muy bien y que me enseñó los primeros trazos. De mi padre posiblemente su capacidad de trabajo y de ambos el gusto por viajar. Lo hacían con frecuencia y sus relatos eran mucho más intensos y descriptivos que las propias fotos. Ayudaban a soñar a desear algún día poder viajar. Por ellos escuché por primera vez nombrar a Barcelona y Gaudí, el aeropuerto Charles De Gaulle, el centro Pompidou o la arquitectura en Londres de los 70. También por mi padre escuchar hablar de las comidas en sus viajes era un tema ineludible, podía relatar perfectamente toda una travesía por la Selva Negra en Alemania simplemente nombrando el menú, era fantástico su capacidad de recordar esos detalles.
¡Un viaje cultural gastronómico!

mis primeras construcciones…
Con mi hermano de niños, compartíamos el dormitorio, y nuestras camas eran arriba y abajo, tipo marineras. Yo me encargaba de juntar las sábanas, anudarlas y ocupar toda la habitación con un tendido que recreaba pasadizos, túneles y refugios para jugar, duraba hasta que nos íbamos al colegio o aparecía mi madre. Arquitectura realmente efímera, tengo recuerdos muy precisos de la sensación que me causaba deslizarme por esos mundos tan divertidos y sugerentes. Podría decirte que son mis primeros recuerdos y mis primeras construcciones. Mi primera construcción real data de los finales de mi carrera, un amigo de la familia que extrañamente no tenía arquitecto a quién llamar (!), con un compañero de aquella época de estudiante, Ricardo Sanz, proyectamos una casa muy Khaniana, ladrillo a la vista, muros largos y ciegos, una casa en medio del campo, articulada por la piscina, el quincho, los vestuarios, mi recuerdo es aquella primera sombra construida y utilizada por los albañiles para refugiarse del sol al mediodía de aquel verano.

por fuera de las estructuras…
Me tocó un período sombrío de la Facultad de Arquitectura ya que ingresé en plena ebullición de principios del 70 y a mitad de la carrera, el golpe militar y el fin de una Facultad que parecía apasionante, participativa y con profesores con una mente abierta y desafiante. Compañeros y profesores desaparecidos, la constante amenaza dentro y fuera de la Facultad marcó partidas y pérdidas que nos marcaron como estudiantes y como arquitectos. Me tocó recibirme prácticamente sin hacer o hablar de Arquitectura, en todo caso una carrera técnica alejada de mis intereses que sólo pude encontrar por fuera de la estructura académica formal. En ese entonces viajé con un compañero de Facultad a Europa y a mi regreso aún sin recibirme, ingresé a la Escuelita, ámbito que hoy se lee como mítico, pero para mí real ya que me permitió volver a juntar mi pasión por la Arquitectura con aquellas personas valiosas de la profesión y que se habían alejado de la Escuela. Por ese entonces visitaron la Escuelita Rossi, Vignoly que ya vivía en Estados Unidos. Participaban como docentes entre otros, Solsona, Tony Díaz, Ernesto Katzenstein, Jorge Hardoy, también Clorindo Testa, Luis Ibralucía seguramente muchos más que hoy me olvido. Éramos un grupo de estudiantes o jóvenes arquitectos que luego del proceso y reinstalada la democracia fuimos convocados por Tony Diaz para participar de la cátedra que ganó por concurso en el año 1984. Estuvimos juntos hasta el año 87 ó 88, año en que Tony decide irse o volver a España. Cátedra ejemplar en muchos aspectos, especialmente por una obsesión por el detalle, la construcción y el dibujo, que me quedó como una marca en cuanto a como enseñar desde una cátedra de Proyecto.

una especie de cuaderno de bitácora…
La partida de Tony significó mi alejamiento de la enseñanza activa, la del día a día. Comencé a escribir metódica y sistemáticamente un proyecto para una facultad pequeña, investigaba otras facultades de la misma escala, etc. Todo lo volcaba en un cuaderno, una especie de cuaderno de bitácora, un trabajo en solitario y en mis momentos libres. En ese tiempo conozco de casualidad en un café donde yo solía desayunar y refugiarme a escribir, al entonces joven fundador y rector de la Universidad de Palermo y le cuento el proyecto, le interesó, me encarga que me ocupe de llevar adelante el proyecto y un año después me invita a dirigir la nueva Escuela die Arquitectura. Me ayudó mucha gente de larga experiencia en la facultad de Arquitectura pública, como Vera Spinadel, el Inglés Ortiz, Edgardo Minond, Alvaro Arrese, Rubén Movia, Puzi Rivarola, el ingeniero Galay, Buby Frid y Estela Marconi y otros que ya no me acuerdo.
Un equipo excepcional. Todos profesores reconocidos, nos reuníamos todas las semanas en mi estudio y entre café y anécdotas fuimos armando un programa y una carrera pensada con el recuerdo de lo mejor de la facultad de los 60 que estos profesores relataban con especial admiración. Pero en el momento de elegir profesores para dar clases y ocupar cargos, opté por gente más joven como Rozenwasser, Caballero, Doval, Silvestri, Mischal Katz, Leston, Mónica Rojas, Roberto Converti, gente que conocía de competir en concursos, de publicaciones dónde pude apreciar su obra y su pensamiento o simplemente porque me interesaba estar y compartir con ellos esa experiencia. Luego se sumo gente más joven como Becker, Ferrari, Fuentes, Fontana; todos arquitectos, algunos que regresaban del exterior, muy capaces y que creyeron en la posibilidad de crear una facultad de pequeña escala, diferente y complementaria de la facultad de arquitectura del estado. Compartimos intensos seis años hasta que me dije, tarea cumplida, la obra estaba construida. Dejé la escuela y dejé la revista Arquis, publicación dedicada a la arquitectura y al tema urbano, que lamentablemente no continúo. Fueron tiempos muy intensos, divertidos con mucho trabajo y horas puestas en este proyecto.

un poco de honestidad y humor…
Los Concursos son de los mejores momentos que tiene la Arquitectura, la capacidad de desafiar ciertas condicionantes o tradiciones encuentra en ellos su mejor momento. También quizás porque creas nuevos equipos y se acercan colaboradores algunos estudiantes de la Facultad que han sido alumnos tuyos y los volvés a encontrar en un nuevo rol, aportando sus ideas.
Tuve oportunidad de ganar algunos premios junto con Rozenwasser y ocasionalmente con Gerardo Caballero especialmente de escala urbana como parques o conjuntos de viviendas pero lamentablemente ninguno de ellos logró avanzar mucho más que el propio Concurso. Eran momentos donde la crisis del 2001 comenzaba a sentirse y a percibirse como algo inminente. Tuve varios socios en mis veintitantos años de Arquitecto, con luces y penumbras con cada experiencia, siempre personas de gran valor y gran capacidad de trabajo. No son construcciones sencillas sobre todo porque nuestras discontinuidades estructurales como país se le suman nuestras propias dudas profesionales. A modo de ejemplo, a mí siempre me gustaron los Beatles, recordá «A day in the life», un tema que son dos temas en realidad y que Paul y John ya distanciados intentan pegar y armonizar, ahí es que aparece George Martín, que le agrega violines; recorta, pega y logra con ambos temas componer quizás uno de los mejores temas que dieron los Beatles ¿por qué no? un proyecto casi de arquitectura, muchas veces me pasó con mis socios, muchas veces falta la capacidad o esa persona que suma y no divide.
Me cuesta pensar en volver a realizar proyectos en los que no comparta con otras personas las ideas y los proyectos. Hoy tengo mi estudio y soy su único titular pero, tengo algunos colaboradores que trato que aporten sus ideas, que sientan que lo que hacemos es un poco o mucho, una idea de todos. Busco trabajar con personas que me enriquezcan como ser humano.
Me pasa con las obras, a las cuales les dedico una atención personal, dejo abierto los proyectos a los aportes de los que las construyen siempre aprendes algo, las charlas de café cercanos a las obras, son de las cosas que mas disfruto, te diría que es
ahí, donde cierro los proyectos, casi al pie de la obra y durante su construcción.
Cada trabajo es una nueva experiencia donde ponemos todo lo aprendido, aquellas cosas que probamos y que nos interesaron más que otras. Sin embargo siempre es una nueva experiencia y aparecen temas que nunca nos planteamos y dedicamos parte de nuestro tiempo para preguntarnos que mas podemos hacer?, que cosas podemos mejorar de aquellas que intentamos y cuyos resultados por varios motivos no nos gustaron? Trabajar con mucha honestidad y un poco de humor, que hace falta y mucho en este oficio.

necesito un mapa escrito…
Necesito un mapa escrito de cuales son las ideas fuertes que persigo. Necesito luego de soñar, objetivar. Antes de ser elegido presidente de la SCA, tenía escrito que quería hacer y cada tanto necesito hojear aquellas hojas y vuelvo a recordar que quería y cuales cosas me fui olvidando. Eso me permite tener una visión alejada del aquí y ahora y del día a día. Lo hago mucho, y para mi esta bien, me sirve. Lo mismo me pasa con los proyectos, con esos primeros dibujos… ver cuanto de eso se esta consolidando. Cuanto de eso es posible. ¿Será una forma de controlar? Es posible. La construcción es un tema complejo, cada vez que termino y entrego una obra, tengo la extraña sensación de que todo se va a desarmar, que todo quedo atado con alambre, creo que cuando finalmente uno entrega un trabajo con tantas variables y combinaciones, deja de poder seguir controlando y esa debe ser la sensación de que todo se va a desatar.
Ese paso en el cual la obra deja de ser tal y pasa a ser una casa, una biblioteca, etc., lo que sea, manejada y ocupada por otro tiempo de duelo para terminar de separarse de la obra que tanto tiempo ocupó en nuestra mente y en nuestra agenda.

parte de una historia y de un continuo…
No entiendo cuando se habla en términos generacionales. Me siento parte de una historia, de un continuo que tiene muchos años, siglos de acumulación de historias que me hacen participe de nuestro tiempo y constructor de espacios para el futuro; siento que lo que estamos haciendo con la tierra, con las ciudades son nuestras responsabilidades, como ciudadanos, como arquitectos.
Tenemos mucho que hacer, mucho que aprender, mucho que decidir. En mi caso hacer arquitectura, dirigir y representar el colectivo de arquitectos de Buenos Aires, enseñar todo lo que hago y posiblemente haga, todo tiene un mismo fin, que le dejo a mis hijos y a los hijos de mis hijos.

tantas horas…
Busco ser mejor arquitecto, es decir, entre otras cosas, mejor tipo y ser un tanto más feliz con las cosas que hago. Pertenecer a los equipos de trabajo, de la sociedad o de la facultad y en mi estudio me permite entre otras cosas maravillosas estar rodeado de personas tan especiales, tan dedicadas tantas horas a cosas tan diversas, que compartir con ellos un poco de todo este tiempo que les toca vivir me sirve, me enriquece, y agradezco profundamente las oportunidades que fui teniendo.

hospitales de arquitectura…
No está demasiado bien la manera en que estamos viviendo en la Argentina. Mucha desigualdad, poca solidaridad entre nosotros.
Argentina debería tener lugares para atender, a modo de hospitales de arquitectura, a personas que no puedan solucionar sus problemas habitacionales. La falta de recursos, no debería ser impedimento para poder acceder a los arquitectos y al diseño en general, necesarios para paliar un tanto su mala calidad de vida.
Lamentablemente el diseño y la arquitectura siguen nutriendo a las urgencias del mercado y no a otras necesidades reales muy importantes y seguramente menos urgentes. Tenemos una deuda social como profesionales que no estamos devolviendo a la sociedad, salvo aquellas excepciones como el Arq. Roberto Frangella que honra la profesión con su militancia y su activismo por el bienestar de los excluidos y carenciados.

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