27.5.2025
Todo llega al mar (conclusión)
Hace un tiempo mencioné lo que un amigo y colega, Víctor Ochoa Piccardo, me decía a propósito del idioma chino, que él domina con destreza.

Sever Hall es un edificio académico de la Universidad de Harvard diseñado por el arquitecto estadounidense Henry Hobson Richardson y construido a finales de la década de 1870 © Óscar Tenreiro Degwitz
Según le entendí a Víctor, en esa lengua no es posible designar una corriente de pensamiento utilizando el nombre de la persona que sentó sus bases. No es posible decir marxismo o maoísmo o cualquier ismo como sí se hace en castellano y muchos otros idiomas. En chino habría que decir «quienes siguen el pensamiento de Marx» o «la doctrina de Mao», de modo que es el lenguaje el que protege la integridad del pensamiento original de las interpretaciones de los continuadores.
No sé si lo entendí bien, pero si non é vero, é ben trovato, porque sería esta una comprobación tajante de hasta qué punto el lenguaje interviene en los fundamentos del discurso. Apoyarse en el pensamiento de alguien no es necesariamente la prolongación de ese pensamiento sino una elaboración con nombre y apellido nuevos, el de quien interpreta. Y eso es bueno tenerlo claro ante lo que recordaba hace dos semanas en relación a la mimetización de los seguidores o admiradores, que en cierto modo suplantan al admirado haciendo que su legado se contamine con lo que no le pertenece.
El tiempo y sobre todo, y en eso quiero insistir, la crítica1 y la discusión abierta a veces dura sobre una obra ayuda a ubicar mejor lo específico, lo más valioso, de la obra y de su autor.
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