17.11.2025

La injusticia de la vivienda social en propiedad

Uno Ahren fue en los años 40 el arquitecto jefe de la cooperativa de Arsta, un municipio sueco de la ciudad de Estocolmo. Crítico con las ideas funcionalistas que él mismo defendió años atrás, en Arsta promovió la vida comunitaria frente al mero cálculo eficiente de bloques.


Danviksklippan vista desde Henriksdalsberget, Södra Hammarbyhamnen, Estocolmo, Suecia © Jordgubbe

Le pedía Rilke al joven poeta Franz Xaver Kappus que leyera

“lo menos que pueda de cosas estético-críticas: o son opiniones partidistas,petrificadas y vaciadas de sentido en su endurecimiento contra la vida, o son hábiles juegos de palabras, en que hoy se saca una opinión y mañana la opuesta. Las obras de arte son de una infinita soledad, y con nada se pueden alcanzar menos que con la crítica. Sólo el amor puede captarlas y retenerlas, y sólo él puede tener razón frente a ellas”.

Uno Ahren fue en los años 40 el arquitecto jefe de la cooperativa de Arsta, un municipio sueco de la ciudad de Estocolmo. Crítico con las ideas funcionalistas que él mismo defendió años atrás, en Arsta promovió la vida comunitaria frente al mero cálculo eficiente de bloques paralelos soleados de la quimera moderna, y para ello programó centros urbanos con teatro, casa del pueblo y otros espacios comunitarios.

Paralelamente, Erik y Tore Ahlsen contactaron con artistas, profesionales y gente, para entendernos, de lo que ahora Richard Florida podría llamar clase creativa, intentando convencerles para que se instalaran en Arsta y la contagiaran de la vida que ellos esperaban que surgiera en el nuevo municipio en un proceso de gentrificación desinteresada al servicio de los individuos y las instituciones democráticas, según sus creencias.

Desde entonces, el estado sueco alquila y rehabilita las viviendas sociales de este municipio manteniendo en perfecto estado sus fachadas coloreadas y los espacios arbolados de sus calles y plazas.

En Danviksklippan, otro barrio de Estocolmo, Backstróm y Reinius construyeron en 1945 un conjunto de nueve torres de ocho pisos de altura junto al agua en medio de un precioso paraje natural. Más tarde, entre 1946 y 1952, ampliaron el barrio con las primeras casas aterrazadas que se construyeron en Suecia en el que torres con el doble e incluso el triple de altura del resto de los bloques funcionaban como hitos visuales mientras que las distintas tipologías respondían, según los arquitectos, al deseo de que dentro del mismo barrio las familias pudieran agruparse o reconfigurarse en función de su tamaño, al aumentar en número o al disminuir al emanciparse los hijos, todo ello según un programa establecido y previsto.

Sorprende comprobar que todas estas arquitecturas de más de medio siglo permanecen casi inalteradas y a ninguno de sus moradores (quizá asustados por inmisericordes sanciones estatales) se les ha ocurrido en ese tiempo añadir a las fachadas aparatos de climatización (en Suecia no parece preciso, bien es cierto) o cerrar los balcones y terrazas para aumentar el espacio interior, lo cual podría estar más que justificado por el frío.

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