6.5.2026
Escaleras
Toda escalera es un reto geométrico,1 un desafío suicida a la ley de la gravedad.

Cary Grant, en la escalera retorcida de sus intenciones oscuras. Fuente: fotograma de “Sospecha” (Suspicion, 1941)
El estado natural de toda escalera es no existir, porque para hacerlo debe encarar a diario una contienda contra las fuerzas contrapuestas de la vertical y la horizontal, y navegando esa tensión, afirmarse. Se exige, por tanto, que la escalera viva en una constante querella, y nada agota tanto como tener que tantearse a uno mismo a cada instante para comprobar la propia existencia. Se entiende así, la voluntad de la escalera del Kursaal, luchando por venirse abajo; y no cabe responsabilizar de ello, por tanto, a Rafael Moneo.
Y al tiempo, es la escalera la que hace que surja la arquitectura. Representamos nuestros proyectos en dos dimensiones, planta y sección, y es la escalera la que se encarga de entrelazar los distintos planos para conferir volumen. En ese entretenimiento de conexiones entre distintos planos se crea la tercera dimensión, con la escalera como precipitante de ese trance de ilusionismo.
Y es de imaginar que si la escalera es el reactivo para esa transformación desde las dos dimensiones hasta la tercera dimensión, donde sobreviene la arquitectura, más y mayores mutaciones debe inducir en las personas que las recorremos. Es por eso que existen varios tipos de escaleras, cada uno de ellos con múltiples subpatrones, clasificadas así no tanto por su configuración espacial como por los efectos que provocan en quienes las recorren.
Así, podemos distinguir las escaleras de directriz recta, ideales para personas desacostumbradas a cuestionarse los asuntos más trascendentes de la vida, y que ingenuamente creen que una escalera tan sólo sirve para comunicar dos niveles dispares. En este grupo podríamos, no obstante, considerar las escaleras que no son tales, y que necesitan de una ayuda externa para poder ser recorridas, como sucede con la escalera de “Testigo de cargo” (Witness for the prosecution, 1957). En ella, por medio de un salvaescaleras, Charles Laughton recorre la diagonal que enlaza la planta baja de su despacho con la alta de los dormitorios, pasando en ese recorrido de ser un firme y severo abogado a convertirse en un pelele dependiente de los cuidados de su enfermera. No cabe pensar que dicha transmutación pudiera realizarse sin la ayuda de ese cambio de planos, porque esa escalera está poniendo en comunicación dos realidades contrapuestas, y esto sólo puede acontecer con la serenidad y pausa que impone recorrer una escalera, aunque se haga a través de la parsimonia motorizada de un salvaescaleras.
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