14.5.2020

Entrevista a Ricardo Bofill

«Mi vida es muy metódica. El coronavirus apenas ha alterado mis hábitos», responde Ricardo Bofill a la obligada pregunta de estos días acerca de cómo está sobrellevando el confinamiento. «Estoy muy ocupado. Estamos trabajando en muchos proyectos ahora mismo en el Taller, que está además creciendo», agrega.

A los 80 años, con una carrera en la arquitectura que comenzó apenas recién salido de la adolescencia, en la que la individualidad y la determinación de ir por delante de lo establecido le han llevado a proyectar obras tan obligatorias de mención en la historia de la arquitectura de las últimas cinco décadas como la Muralla Roja (1971), el edificio Walden 7 (1975), el Quartier Antigone (1979), Les Espaces de Abraxas (1982), el Teatro Nacional de Cataluña (1997), la Terminal 1 del Aeropuerto de Barcelona (2010), o la sede de su propia vivienda y estudio, La Fàbrica, pone énfasis al afirmar : «Mi pasado cuenta poco. Lo que a mí me gusta es inventar arquitecturas, lenguajes, vocabularios y, a la vez, estar en los temas que miran hacia el futuro. Esto es lo que me motiva a seguir haciendo arquitectura todos los días durante diez horas.»

Se inició en la arquitectura de la mano de su padre y podría decirse que su espíritu cosmopolita, abierto al mundo y a su tiempo, es un rasgo que hereda de su familia.

Mi padre procedía de una familia burguesa urbana muy liberal y culta. Mi madre era una italiana de origen judío. De modo que yo partí de influencias muy distintas: de una madre que me hablaba en italiano y de un padre republicano. Conversábamos sobre todos los temas con gran libertad. Siendo simplemente europeos.

En efecto, mi carrera se inicia trabajando en el estudio barcelonés de mi padre, que  era arquitecto y constructor y que también había trabajado con el GATEPAC, colaboró con Sert, con Bonet…. Y yo tuve la suerte de poder comenzar a construir a su lado siendo aún muy joven

¿Qué recuerdos tiene de la Barcelona de su infancia?

Tengo el recuerdo de salir de mi casa, una casa burguesa modernista, cómoda, y sentir ese contraste frente a una ciudad destrozada, sombría. Este sentimiento fue algo que me hizo pensar que debía dedicarme a hacer arquitectura, porque era necesario cambiar aquella ciudad en la que vivía.

¿Y de la de sus años universitarios?

Mi grupo de amigos y conocidos estaba formado por arquitectos, pintores, escultores, músicos… y vivíamos en una Barcelona ajena al sistema. Su poder no llegaba hasta la vida personal y podía decirse que se vivía con una cierta libertad.

No obstante, sí acabó topándose con la represión política.

Detesto profundamente el victimismo, así que no abordaré esos problemas. Diré que esos conflictos forman ya parte de mi vida y no los veo como dramas sino como circunstancias que me llevaron hacia la determinada forma de vida que he hecho, una vida internacional, y no albergo el menor resentimiento hacia ello. Fueron circunstancias que me llevaron al trabajo, a la arquitectura, a proyectar.

Insiste en que su verdadera motivación es esto: proyectar.

Sí. Lo que a mí me gusta es proyectar: llegar a mi despacho, encontrarme con una hoja en blanco e iniciar un proyecto, tomar decisiones… Todo el proceso del proyecto es lo que realmente me ha hecho vivir. Y lo sigue haciendo, porque aún estoy intentando constantemente cambiar la arquitectura.

El Walden 7 es posiblemente el proyecto donde más paradigmáticamente reconocer esa voluntad suya de desear cambiar la arquitectura y, con ello, la sociedad.

Es fruto de dos años de trabajo junto a investigadores, escritores, matemáticos, filósofos… con los que creé el Taller de Arquitectura. Conjuntamente desarrollamos una teoría utópica de la ciudad en contraposición a Archigram y los metabolistas japoneses llamada «La ciudad en el espacio». Planteaba otra tipología de ciudad y manera de habitarla.

Era especialmente interesante desde el punto de vista social porque temas como los modelos alternativos de familia o de propiedad inmobiliaria, la homosexualidad…que ahora protagonizan los debates sociales ya estaban planteados en él.

Se concibió en 1968. En aquel momento yo estaba muy conectado con EE.UU, los movimientos contraculturales y ese proyecto era una traducción concreta de todas aquellas ideas circulando en aquel momento.

«Mi campo de trabajo ha sido esencialmente el mundo», insiste.

España es un país que me gusta, con el que siento claramente afinidades, pero que no puedo decir que haya sentido como mi país de manera exclusiva. Dentro del mundo latino, mediterráneo, que es al que estoy más próximo desde mi sensibilidad, mi visión siempre ha sido mundial. Quería construir en Estados Unidos, en Japón, en China…

¿Qué obras o nombres de la arquitectura española señalaría en particular?

Hay arquitectos que en la escala del edificio han demostrado un gran talento y cuya obra me gusta. Obras concretas desde la época de Sainz de Oíza hasta hoy, pasando por Fernando Higueras, que era un talento extravagante y muy interesante, hasta Calatrava, una figura que muchos detestan pero que yo considero que tiene un talento brutal. También Rafael de la Hoz.

Menciona a Higueras y, tal vez, como contemporáneos quizá puedan reconocerse puntos de encuentro entre sus respectivos trabajos.

Diría que más en la actitud que en la arquitectura. Higueras era un arquitecto algo aparte del sistema, que desarrollaba geometrías distintas. Era un inventor. Tenía poca cultura arquitectónica pero le gustaba inventar y tenía mucho talento. Fuimos muy amigos, incluso en ocasiones llegamos a hacer algunas pruebas de trabajo en conjunto. E, insisto, tenía muchísimo talento. He conocido en la vida a muy pocas personas con tanto como él.

Y, tal vez a contracorriente, reivindica a Calatrava.

También es un profesional que se ha radicado fuera de España y que, además de arquitecto es ingeniero. Esta doble faceta le otorga un perfil distinto, tremendamente original. Ha caído mal entre los arquitectos y las publicaciones especializadas pero le he ido encontrando mientras he ido construyendo por el mundo. Sigue siendo un individuo con ideas propias y que puede gustar más o menos pero, independientemente de si se está o no de acuerdo, es alguien con talento y capacidad propia.

Recuerdo que una anterior conversación me admitió sin complejos haber sido el precursor de los arquitectos estrella, un estatus que alcanzó cuando abandonó España para instalarse en París.

La circunstancia de que se me vetara para construir en España me llevó a tener relaciones con el gobierno de Valéry Giscard d’Estaing, junto a quien estuve trabajando directamente.

El star-system comenzó conmigo en Francia en 1974. En ese momento, los arquitectos comenzaban a ser importantes, a tener un papel protagonista en la sociedad, y esto me llevó a adquirir una gran reputación. No obstante, en ese mismo momento comprendí que la fama era un tema respecto al que había que ser muy cuidadoso porque era algo que te conducía a un tipo de vida y visión sobre ti mismo engañosos.

Al comprender esto, decidí que no quería seguir siendo famoso, la celebridad y la competición dejaron de interesarme: lo que me interesaba era la arquitectura en sí misma y adopté un perfil bajo. Por ese motivo, he concedido muy pocas entrevistas. No me interesa tener una gran fama porque es peligroso: te construye una personalidad que no es la adecuada para el trabajo, te transforma en un individuo orgulloso y despectivo.

Arquitecto estrella pero agregaría que fue también uno de los primeros que comprendieron la globalización de la profesión. Este posicionamiento es el que ha mantenido con vitalidad su hacer arquitectónico. Su atención está siempre puesta en los lugares donde es precisa la transformación sustancial, el cambio radicalmente profundo. En España, en Barcelona a fines de los 80, por ejemplo.

Intervine mucho en los Juegos Olímpicos y en la remodelación que propuso Pasqual Maragall. Ése fue un periodo especialmente positivo para España. Fue la época en que se pasó de las arquitecturas muy mal hechas de la reconstrucción a convertir en prioridad política el tema urbano. De repente, los arquitectos perseguían la excelencia y los políticos (porque la arquitectura tiene relación con la política) hacían caso a los arquitectos. Para ganar las elecciones decían que querían mejorar su ciudad y cambiarla. Este periodo ha concluido ya totalmente. Ahora los arquitectos son representantes del mundo inmobiliario, a los que sólo les interesa construir y no atender a esos otros temas que hoy están encima de la mesa.

¿Cuáles son esos temas?

La ciudad. Cuál será la ciudad del futuro. Cómo desarrollar una nueva tipología de ciudad: ecológica, interactiva, de baja altura… Uno de los encargos que tengo en este momento directamente desde el gobierno chino para definir la nueva tipología de ciudad.

Desde su posición presente y su experiencia, ¿en qué estado ve actualmente a la arquitectura? Personalmente, la percibo en un momento muy difícil, no sólo coyuntural sino también intelectual.

La situación actual de la arquitectura es realmente mala. La última generación de grandes arquitectos ya está formada por individuos de edad avanzada: Gehry, Foster… Los arquitectos pequeños están desapareciendo y únicamente pueden trabajar en su localidad, es decir: su campo de trabajo es mínimo. Las ciudades están detenidas y no se renuevan y, en términos generales, la arquitectura hoy está incluso mal vista en una ciudad como, por ejemplo, Barcelona.  En consecuencia, la individualidad arquitectónica está desapareciendo y esto es lamentable.

Esto constituye una pérdida mundial importantísima que deja a la arquitectura en manos de las grandes compañías, sistemas de partnership, a la manera en que también existen despachos de arquitectos que funcionan con esa misma estructura. Son firmas con miles de empleados, situadas mayoritariamente en Estados Unidos o el Reino Unido. Los concursos que estamos ganando en este momento van en contra de este tipo de corporaciones.

Durante mis años en París, el gobierno francés quería que creara un despacho de gran envergadura. Así fui convirtiéndome en un gestor y, en consecuencia, dejando de hacer arquitectura. Regresé a Barcelona en 2000 y me instalé en esta fábrica. El equipo que tengo aquí es el más pequeño posible como para poder ser mundial: alrededor de un centenar de personas,. No deseo que sea mayor porque si lo fuera perdería su identidad y se convertiría en otro partnership que aceptaría ese todo vale imperante hoy en la arquitectura.

Es esencial tener una visión global pero a la vez entiendo y procuro que, frente a estos equipos internacionales, el proyecto ofrezca algo distinto. Que el proyecto que hago en Pekín no sea el mismo que hago en Barcelona o en Chicago. Y que el genius loci me obligue a mí a cambiar el pensamiento, el vocabulario… A mí me divierte inventar vocabularios, probarlos. Disfruto escribir un vocabulario para trabajar en Oriente Medio y otro para hacerlo en China.

Los arquitectos creativos, aquellos que pensaban la ciudad antes que los políticos, han desaparecido prácticamente. Han perdido el tren, y no solamente frente a los políticos sino también frente a otras disciplinas.

Frente a la propia sociedad incluso, diría.

Y hasta frente a la propia arquitectura. No se están planteando qué transformaciones va a experimentar la arquitectura. Los arquitectos están mal debido a su mala situación económica.

En los países ricos se considera que las ciudades ya están construidas y acabadas. Por ejemplo, ya no hay nada que hacer en el centro de París. Y durante aquella fase de gran éxito de los arquitectos, que inauguró la construcción del Guggenheim, únicamente pensaron en edificios caros y singulares, pero ninguno pensó en la ciudad. Es la gran asignatura perdida del siglo pasado y de éste. Hay muy poco pensamiento arquitectónico de cara al futuro.

El arquitecto hoy va detrás de la sociedad. Entre los años 70 y 90 fue por delante pero ahora se ha quedado rezagado y ha perdido su papel. Si no estrecha relaciones con otras disciplinas científicas, la arquitectura poco podrá hacer en el futuro.

Es una profesión que se encuentra en caída libre en el mundo occidental. No obstante, ten en cuenta que sólo en China hay 380 millones de viviendas por construir para personas que emigran del campo a la ciudad, o que es necesario rehacer completamente la India; o el inmenso problema que supone pensar una arquitectura para los distintos lugares de África. Todo esto es un tema extremadamente interesante porque la construcción, la arquitectura, es finalmente el resultado del pensamiento y del comportamiento de la sociedad y que la arquitectura esté perdiendo su papel es realmente muy triste.

¿La causa de este problema puede ser que la arquitectura se constituyese esencialmente como una disciplina cuyo fin era la construcción y no tanto el pensamiento?

Así es. La arquitectura está relacionada con todos temas. Además, había sido un arte mayor: era el arte de la construcción del espacio y en la actualidad es puramente especulación, construcción y remiendos.

También creo que hay una ruptura entre el mundo de la arquitectura y la intelectualidad. En las revistas de arquitectura españolas hay un abismo entre las cosas que suceden en realidad y lo que publican. La revista es la opinión del editor: de lo que le gusta y lo que no le gusta como si aún hubiese ideologías del diseño. Y no se trata de tener ideología del diseño sino de hacer propuestas que tengan sentido, con una lógica para el futuro.  La arquitectura sirve para leer la ciudad, la sociedad y la cultura que hay detrás.

Observando a la actualidad más inmediata, ¿qué opinión le merece una exposición como Countryside: The Future  que Rem Koolhaas inauguró en el Guggenheim de Nueva York (a sólo un mes del inicio de la crisis del coronavirus en Occidente) proclamando que el futuro se encuentra en el campo?

Koolhaas es alguien a quien conozco bien y con quien suelo estar normalmente en desacuerdo. Es pretencioso y, al mismo tiempo, inteligente. Siempre es interesante saber en qué está ocupado pero, a mi parecer, elabora bloques muy grandes y, en realidad, no está cambiando la estructura del pensamiento urbano. Quienes están proponiendo realmente algo renovador están aislados.

Durante un tiempo también hizo películas. ¿Qué le llevo a ello?

En mis inicios, no tenía totalmente definido que quería ser arquitecto. Pensaba en la idea del artista total. Presté atención al cine, estuve a punto de hacer política, me fijé en la psiquiatría…Me gustaban muy distintas disciplinas. Ser arquitecto supone la obligación de limitarse. Al pasar de la adolescencia a la edad madura uno se limita, te pones un techo que debes romper, pero al fin y al cabo te limitas. Esto es lo que yo hice, con cierta sensatez. Pero me quedaba, y me sigue quedando, hacer películas.

¿Volvería a hacerlo?

Sí, porque cada vez más tengo la sensación de que la arquitectura es un arte muy controlado. Si escribes y haces películas, posees más libertad porque es un arte más individual. Como constantemente trabajo en equipo, sujeto a normativas y diferentes parámetros, el cine me atrae.

Circles habla sobre la imposibilidad del amor, es un filme muy estético y simbólico. Un cuadrado con un filtro completamente blanco, en un cubo blanco, para hablar simbólicamente sobre las combinatorias en el amor.

Schizo se filmó mientras hacía la Ciudad en el Espacio. Examinaba un tema que me ha interesado siempre: la relación entre creatividad y locura. Un loco es un creativo que no ha podido entrar en la vida real. La línea que han de recorrer los artistas con propuesta, esa línea de la creatividad, la línea del máximo de creatividad en tu propia cabeza hasta pasar al otro lado, es una línea que siempre me ha interesado. Estar en el lado de la razón, no en el de la irracionalidad. Es fascinante escuchar, ver, entender, comprender, la división entre normalidad y locura.

Regresando a su ciudad, a Barcelona, ¿cómo la ve hoy?

Está atravesando un periodo muy triste y necesitaría un relanzamiento, porque es una ciudad fantástica. Si vivo aquí es porque me gusta esta ciudad. Cuando indagas en la población descubres unos campos de libertad e individualismo que no existen en otras ciudades y que aquí son consustanciales a la identidad de la ciudad. Forman parte de ella. Esta parte es la que ahora mismo está muy apagada, Está en un momento difícil.

Hoy, en esta crisis del coronavirus, vivimos en esta especie de distopía provisional, extraña. En esa conversación que mantuvimos hace un tiempo me dijo que las utopías estaban hechas para fracasar.

El pensamiento utópico era una forma de adelantarse a tu época e intentar estar más allá para proyectar el futuro. Era algo que se hacía de una forma muy artesanal. Actualmente debe efectuarse de forma más científica e informada. No disponemos de la misma información que se tiene en otros campos para poder analizar y ver qué es lo que puede ocurrir en un futuro no ya lejano sino inmediato. No sabemos qué ciudad saldrá de la crisis del coronavirus y nadie se preocupa. Todo el mundo dice lo primero que le pasa por la cabeza, como los periodistas en las tertulias. Todo el mundo opina pero nadie lo aborda de una manera seria y científica.

Hay poco pensamiento. Es un momento de transformación duro, complicadísimo, pero tremendamente interesante. En estos momentos de dificultad es cuando el ser humano tiene necesidad de rehacerse. Surgirán cosas complejas, antagónicas, pero sin duda van a surgir ideas nuevas no en la arquitectura pero sí en la sociedad, la ciencia…. Confío vivir aún unos años más para poder ver ese cambio.

(Versión completa de la entrevista que se publicó en ABC Cultural el 9 de mayo de 2020.)

Leé la nota original en el Blog La viga en el ojo, por Fredy Massad > https://abcblogs.abc.es/viga-en-el-ojo/otros-temas/entrevista-a-ricardo-bofill.html

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