7.4.2025

Decreto de confortabilidad

Hay decretos que solamente se pueden entender desde la avaricia burocrática. Seres abstractos, deciden bajo los impulsos del momento, cuales son, por ejemplo, las condiciones de habitabilidad de una vivienda.


Entrada del Cèntric del Prat del Llobregat de Juny Brullet | Fuente: brulletdeluna.com

Así nace el desatino del decreto de habitabilidad, incapaz de reconocer maneras específicas de habitar. Decretos y decretos contra la libertad de hacer con la vivienda, ese espacio íntimo por excelencia, lo que a uno le plazca.

Es evidente que no hay ningún decreto válido para regular lo doméstico, pues cada domesticidad es un universo. Por otro lado, sin decreto de mínimos, aquellos más débiles quedarían expuestos a otro tipo de avaricia, la avaricia del dinero fácil.

No vamos ahora a promover un alegato contra aquello que otorga a los edificios un rango mínimo de funcionalidad. Pero tampoco vamos a dejar que el sinfín regulador de la actividad edificatoria acabe con la posibilidad de imaginar una arquitectura más ambiciosa y seguramente más acorde con nuestro tiempo.

Recuerdo haber leído el texto de Bruce Chatwin, Wabi

con admiración y perplejidad. De ese texto extraigo estas líneas:

Lo que por regla general no se admite en arquitectura es que el vacío –el espacio vacío– no está vacío, sino lleno. Pero para observar dicha plenitud se requieren la exigencia y la disciplina más rigurosas por parte del arquitecto. Aquí no puede haber lugar para la incertidumbre, o para efectos ansiosamente artísticos. El trabajo ha de ser perfecto, o no será nada. La arquitectura es música congelada: cuanta mayor es la reducción, más perfectas han de ser las notas. Una vez fui a ver a un antiguo discípulo de Mies van der Rohe que había puesto en práctica el dicho del maestro, menos es más. Vivía en un austero apartamento de una sola habitación, en la parte media de Manhattan. Era un hombre muy rico. Todas sus posesiones las guardaba en armarios –y entre ellas había un Picasso cubista–. Recuerdo que me decía que cuando has de vivir en una enorme ciudad claustrofóbica del siglo XX; cuando, al salir de tu hogar, te sientes bombardeado por los reclamos del consumismo –“¡Cómprame!, ¡Obedéceme!”–, el mayor de todos los lujos es el de poder andar, sin obstáculos de muebles o cuadros, entre tus propias paredes desnudas. Pues, no importa lo pequeña que sea tu habitación, mientras tu ojo pueda deslizarse libremente a su alrededor, el espacio abarcado no tiene límites. Repetía, en efecto, la premisa subyacente al monacato medieval, según la cual el monje encerrado en su celda era libre para viajar a cualquier lugar.

De lo que por supuesto el texto no está hablando, es de la habitabilidad ni de ningún decreto al uso. Más aún, seguramente la habitación a la que hace referencia el relato, no pasaría ningún filtro de ningún decreto posible. En realidad el excéntrico personaje al que Chatwin hace referencia está hablando de confort. Y ciertamente, el confort se puede encontrar en una habitación minúscula y desnuda de todo tipo distracción que permita apreciar y entender el vacío como esencia de la arquitectura.

 Leé la nota completa en > VEREDES

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