4.6.2007

A imagen y semejanza

Publicado en el Suplemento ABC de las Artes y las Letras.

Importado desde la terminología de la investigación genética, el de «clonación» posiblemente sea un concepto adecuado para abarcar la diversidad de formas que adopta la actividad de volver a producir edificios desde la perspectiva en que este tema es abordado en el ensayo de Ascensión Hernández Martínez La clonación arquitectónica (Siruela, 2007). Bajo esta denominación, la autora engloba desde los diferentes tipos de intervenciones sobre entidades arquitectónicas a las recreaciones o copias de edificios singulares que han venido produciéndose de mediados del siglo XIX a la actualidad, analizando las diferentes motivaciones culturales que en cada época y en cada caso específico han inducido a la regeneración de un edificio o ámbito urbano.

La clonación arquitectónica es uno de esos asuntos cuya complejidad se descubre e incrementa a medida que se ahonda en su descripción y análisis. Complejidad que, por otra parte, se intensifica al comprender la futilidad de muchos de ellos, particularmente, a medida que ha ido avanzando el siglo XX, cuando han comenzado a emerger facsímiles descontextualizados y desvirtualizados de edificios de la Historia de la arquitectura moderna transformados en íconos indudablemente por mor de esa reproducción que implica a veces cambios fundamentales en su esencia.

Un halo de romanticismo. De la intensidad nacionalista que subyacía en la reconstrucción historicista de edificaciones medievales europeas a mediados del siglo XIX -con la «restauración estilística» de Viollet Le Duc como paradigma de esta tendencia- a la obsesión caprichosa y fetichista por construir de nuevo proyectos puntuales de los grandes maestros de la Modernidad, Hernández Martínez hace patente cómo el acto de «clonar» edificios -y la reflexión teórica que de ello se deriva- forma parte intrínseca de la cultura occidental, y los debates sobre este tema son reflejo del peso en ella de la idea romántica de la sublimación del aura y la originalidad.

Durante el periodo decimonónico y gran parte del siglo XX, la recuperación de edificios históricos concretos -e, incluso, zonas completas de un casco urbano- se debió fundamentalmente a la necesidad de simbolizar la presencia y el vínculo de éstos aspectos relativos a las ideologías políticas, así como a las necesidades psicológicas y afectivas de la comunidad.

Las reconstrucciones decimonónicas, basadas en un conocimiento riguroso de la Historia, la arquitectura y la arqueología que permitía a los arquitectos incluso «mejorar» las condiciones del original -en sintonía con las corrientes políticas nacionalistas que recorrían el conteniente europeo en aquel momento- tenían como objetivo encarnar el espíritu de la nación en los edificios, vigorizando el sentimiento patriótico. Idéntica función cohesionadora, a la vez que terapéutica, han tenido las reconstrucciones de edificios en las ciudades afectadas por los conflictos bélicos que asolaron el continente durante el pasado siglo.

Un apunte importante en el ensayo de Hernández Martínez es llamar la atención sobre un cierto componente de desconfianza por parte de algunos sectores hacia la creatividad contemporánea que justifica la razón de ser de algunos ejercicios de clonación, más allá de los intereses -económicos, políticos, culturales- que se hallan implicados en la recuperación de un edificio simbólico.

Controversias. En el debate proliferan las controversias: desde manifiestos rechazando el «falso histórico» y abogando por la conservación de las ruinas, como la Carta de Atenas (1931), o la opción de la Carta de Cracovia (2000), en la que se defiende la necesidad de la reconstrucción, puesto que determinados edificios representan la identidad de la comunidad enteraa los argumentos de arquitectos esgrimiendo la necesidad de no concebir las réplicas o reconstrucciones como falsificaciones, sino como elementos que, realizados desde la mayor fidelidad técnica y material posible a los originales, permiten recuperar y mantener la belleza de las ciudades históricas o la existencia de edificios emblemáticos, continuando con posturas que reivindican la posibilidad de apropiarse de las arquitecturas pretéritas mediante la reconstrucción o recreación para ponerlas «al servicio del presente», o aquéllas que rechazan dogmáticamente cualquier forma de clonación arquitectónica.

La genialidad del autor. Al final de su ensayo, Hernández Martínez se ocupa de las reproducciones de edificios realizados por los mitos de la modernidad y su subsecuente fetichización como reflejo de la genialidad de sus autores. Algunas visiones les acusan de constituir «falsas maquetas» de las obras originales, apelando a la concepción romántica de la autoría y al hecho de que reducen la Historia de la arquitectura a unas figuras heroicas -y la propia trayectoria de éstas a unas pocas obras singulares-, actuando así en detrimento de la comprensión profunda de ambas. Pero es exactamente en este punto del libro en el que se hace patente la obligación de asumir la dimensión específica de la obra arquitectónica, la imposibilidad de extrapolar a ella las mismas cualidades de las otras formas artísticas.

Los edificios no son entes estáticos, no es posible congelar un momento de su existencia para -a través de este cuadro detenido- reconocer y esencializar el original. Como apunta Giovanni Carbonara, la autenticidad debe ser entendida como la suma de las etapas históricas de la obra. Se debería asumir que contamos con muchos «originales» de un mismo edificio de los que realizar una copia. Por esto, el clon tampoco será fiel al original, puesto que, como una obra generada para permanecer en el tiempo, cobrará su vida propia, independiente del modelo matriz. Se crea el temor de una disneylización o «efecto Las Vegas» de los paisajes urbanos, pero esto sólo serían complejos puristas y retrógados dentro de entornos más avanzados donde el culto al original se diluye cuando la copia puede ser igual o superior a éste.

«Ya no existen los valores absolutos, sino las interpretaciones de la Historia, por lo que no puede existir una autenticidad absoluta, sino diferentes versiones de la misma», apunta Hernández Martínez. Sin la rematerialización del Pabellón Alemán de Mies Van der Rohe en Barcelona habríamos carecido de la posibilidad de comprender su espacio -que podría imaginarse, pero no ser vivido-. Efectivamente, entramos en una maqueta 1:1, ya que no se trata de la obra hecha en 1929; pero esto carece de importancia si se asume que uno se halla dentro de un remake. Nuestra existencia cotidiana discurre entre copias. Rechazar la experiencia que brinda ese duplicado implicaría negarnos el disfrute de penetrar en el espacio miesiano.

Espíritu industrial. Por otro lado, entendiendo el Movimiento Moderno como la traducción arquitectónica de los conceptos del espíritu industrial y maquínico, de la producción en serie, debe cuestionarse si es necesario sacralizar objetos concebidos según la idea de que las matrices deberían producir objetos idénticos.

Expandiendo este concepto de la clonación que el ensayo plantea, posiblemente sea necesario reflexionar cómo actualmente los propios arquitectos buscan clonar sus propios estilos, puesto que el mercado así se lo exige, quedando atrapados dentro del patrón de una sola idea original.

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