7.4.2009

Summa+ N° 96: “El patrimonio se construye hoy”, Museo Superior de Bellas Artes Evita – Palacio Ferreyra

Córdoba es tradicionalmente uno de los polos culturales de Argentina. Parece muy acertado tomar ésta como su característica principal en una planificación conciente de "red de ciudades" que nuestro país parece necesitar para sumarse a la producción simbólica del mundo contemporáneo.

La que siempre fue reconocida por ser una de las mayores ciudades universitarias de la región, también fue históricamente albergue de prácticas artísticas, crítica cultural y movimientos intelectuales significativos. Los dos museos que se suman al barrio de Nueva Córdoba, el «Museo Provincial de Bellas Artes Emilio Caraffa» -en realidad preexistente pero ampliado notablemente-, y el «Museo Superior de Bellas Artes Palacio Ferreyra», reciclado para este uso con una puesta en valor consistente; se articulan con otros programas de la ciudad armando un corredor único en Latinoamérica por la calidad espacial, cantidad de metros cúbicos para exposición, y las cualidades tecnológicas de sus salas en cuanto a iluminación, seguridad y acondicionamiento de aire en relación a las normas internacionales. Estas dos obras fueron encargadas a GGMPU + Lucio Morini en 2006, por el entonces gobernador de la provincia, José Manuel de la Sota. Ambas funcionan conjuntamente, ya que a pesar de sus obvias diferencias sostienen una idea de proyecto cultural unificador. El primero de ellos, está pensado como soporte más flexible de exposiciones itinerantes, y el segundo como base de la colección patrimonial de la provincia, con obras de pintura, dibujos y escultura principalmente. El proyecto para el Museo Caraffa presentaba la dificultad de tener que vincular varios edificios anteriores. Por un lado el pabellón neoclásico que fue la única parte materializada del proyecto realizado en 1915 por el Húngaro Johannes Kronfuss, al que en 1962 se había ampliado con un edificio moderno. Además, cruzando el patio, debía incorporarse el edificio correspondiente al Instituto del Profesorado de Educación Física de 1938. El conjunto, totalmente heterogéneo y ecléctico, necesitaba de un edificio nodal que lo unificara y «cosiera». La propuesta de los arquitectos consolida esta situación respetando el espíritu de cada uno de sus fragmentos. Como explican sus autores, «el concepto principal que guió el diseño del conjunto fue la generación de un nuevo museo de arte, capaz de agrupar y vincular las múltiples facetas del arte actual. Se preservaron las superficies existentes de los edificios originales de manera que los cuerpos nuevos se relacionen con los cuerpos del pasado en una secuencia continua. La distribución interna de los edificios se da a través de conectores horizontales y verticales, que vinculan diversos ámbitos y salas donde el visitante es libre de explorar los espacios, generar sus propios itinerarios o moverse por recorridos preestablecidos». Con esta intervención cambia totalmente la relación del edificio con la ciudad. El carácter sacralizado de la esquina neoclásica elevada, se reemplaza por un acceso lateral, a nivel de la vereda, de fácil accesibilidad, y que es resaltado por una sala en voladizo que lo acompaña funcionando como un atractor-pantalla sobre la Avenida Leopoldo Lugones.
La investigación tecnológico-material de este nuevo edificio es más que interesante. Por un lado los sistemas y materiales estructurales son utilizados en función de la generación de los vínculos de los que antes hablábamos, pero buscando desafiar su percepción con espesores que se muestran cargados de sutilezas, al igual que sus detalles constructivos. Las salas nuevas y los recorridos están pensados en varios casos como translúcidas, utilizando distintos tipos de vidrios, o más bien «texturas visuales», como metáforas constructivas que refieren a lo que allí se desvela o revela.
Las salas que fueron proyectadas a partir de la refuncionalización de los edificios originales del museo y los gimnasios, se adaptan a las formas preexistentes pero con un estudiado trabajo en su iluminación, prevención de incendios, control de temperatura y sistemas de soporte para las futuras muestras.
Esa mezcla de alarde técnico pero con una fuerte pureza formal, podría estar ensayando una refrescante manera de entender una arquitectura que nos resulta autóctona y representativa al mismo tiempo que reverbera en otros pares internacionales.

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El Palacio Ferreyra fue originalmente diseñado bajo normativa «Beaux Arts», como residencia familiar por el arquitecto francés Ernest-Paul Sanson. Su construcción data de 1914.
Como explican en su memoria GGMPU + Lucio Morini, «el hecho que un edificio con el valor patrimonial del Palacio pase de su carácter original de morada familiar a ser un edificio de uso público, que por su naturaleza debe difundir y preservar otro patrimonio agregado, plantea naturalmente problemas complejos que deben ser compatibilizados de manera que ambos patrimonios puedan coexistir sin menoscabo recíproco». Las intervenciones generales que se realizaron muestran sostenidamente un gran esfuerzo por poder actualizar los servicios del edificio para su nueva función, sin complicar la estructura existente, manteniendo la condición predominante del gran hall central y las áreas públicas, y restaurando cuidadosamente sus pisos, terminaciones y ornamentos originales. Las partes que responden a un lenguaje contemporáneo están bien definidas y denotan la preocupación por apoyarse sobre el edificio de manera de no maltratarlo, y con la posibilidad de ser removidas en un futuro si fuera necesario. Los arquitectos trabajaron con la metáfora del montaje de fragmentos de la edición cinematográfica, y uno podría leer ciertos «cuadros» de este edificio como representativos de dos relatos definidos y superpuestos que tienen instancias experienciales claras. Resultan un poco extrañas las críticas realizadas a la intervención por algunos fanáticos patrimonialistas. El cuidado con que se ha realizado este trabajo se hace evidente desde la primera impresión al acercarse al edificio. Incluso la adaptación del acercamiento y entrada para lograr accesibilidad para todos, juega a poder vivir y recrear a través de filtros visuales, el diseño original.
Es natural que en el proceso de cambio de uso de privado a público, y en las transformaciones de los estilos de vida a lo largo de un siglo entero, se deban negociar algunas cosas. Si no, se corre el peligro de que el patrimonio devenga obsoleto perdiendo todo su sentido. Los edificios no deberían convertirse en lo que Aaron Betsky llama «la tumba de la arquitectura», en su texto como curador de la Bienal de Venecia de este año. El edificio se transita orgánicamente. El esquema de Petit Palais está tan instaurado en nuestra cultura occidental, que sabemos perfectamente cómo recorrerlo. La mayor intervención está realizada sin alterar este esquema, tomando la lonja precedente al hall central y con una materialización que se acerca a una epifanía pop, pone en evidencia algo así como las «entrañas» del Palacio. Uno puede ver a través de filtros materiales trabajados -en tela tensada hacia las ventanas, o en vidrio cubierto con una membrana microperforada y ploteada, hacia el espacio central-, las relaciones espaciales entre los niveles que eran de uso público, privado, los servicios y la mansarda. Este espacio de proporciones atípicas por su poca profundidad en relación a su ancho y altura, en el primer momento del acceso acerca la perspectiva visual de la gran escalera ceremonial original. Cuando uno vira la mirada hacia los costados se encuentra sorpresivamente con esta superposición de los tiempos. La arquitectura debe acompañar el proceso de definición de un museo como un escenario propiciador, como contenedor de diferencias, como símbolo que puede usarse para mostrar grados de inclusión, para promover la generación de redes interpersonales, como investigación en sí misma, y como consciente representación de su propio tiempo.
En estos dos edificios nuestra disciplina se nota entendida no sólo como construcción material sino también como posibilidad de generar gestos o acciones transformadoras, traductoras, promotoras.

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