6.9.2012

El Palacio de las Aguas Corrientes

El que fuera Gran Depósito de Distribución de Agua de la Ciudad de Buenos Aires constituye un patrimonio industrial único y excepcional de nuestro país.


Créditos imágenes, Fotos: Agua y Sanemientos Argentinos

Una pieza clave dentro del sistema de provisión de agua de Buenos Aires proyectado por el estudio del ingeniero inglés John F. Bateman en 1871, fue el “Depósito de Distribución de Agua Filtrada o Torre de Agua”, el que se levantaría en un lugar elevado de la ciudad. A este gran depósito debía llegar el agua que se filtraba en la Planta Recoleta -hoy predio del Museo Nacional de Bellas Artes y sus inmediaciones- luego de llenar la red de distribución. De esta manera, el depósito actuaría como un regulador de la red, abasteciendo a ésta cuando el consumo lo hiciera necesario

En aquellos años, el agua purificada era un adelanto que sólo tenían las principales capitales del mundo y, como tal, era sinónimo de civilización, modernidad y progreso. En consonancia con estos significados, el gobierno encomendó una obra “de apariencia vistosa” y de porte monumental, que evidenciara la importancia de las obras de saneamiento que se estaban ejecutando en la ciudad por aquel entonces. Sus diseños comenzaron a fines de 1871, y originariamente se pensaba en un tanque para una población de 200.000 habitantes, a razón de 181 litros diarios por persona, que estuviera ubicado a no menos de 72 pies sobre el nivel del Río de la Plata. A partir de entonces, se sucedieron variaciones en el proyecto, aprobándose finalmente por el Gobierno en 1886.

La Comisión de Obras de Salubridad solicitó al estudio de Bateman que en su construcción se utilizaran en lo posible materiales del país, como por ejemplo mármoles y granitos en su envolvente exterior, donde además deberían colocarse los escudos de las provincias, la Nación y la ciudad de Buenos Aires. Pero sólo este punto llegó a cumplirse pues, para plasmar la “apariencia vistosa”, triunfó la propuesta de Bateman -y también de la empresa concesionaria de las obras de salubridad, de capitales británicos- partidarios de utilizar sólo piezas de terracota como revestimiento exterior. La construcción del Palacio se inició en 1887 y culminó en 1894.

El uso de la terracota en la construcción se había puesto de moda en la Inglaterra victoriana, particularmente en Londres, donde respondía mejor que otros materiales al smog y demás contaminantes derivados de la revolución industrial. Una de las obras más destacadas, realizada en la capital inglesa, era el Museo de Historia Natural (1873-1880) proyectado por el arquitecto Waterhouse con una envolvente de terracota pletórica de ornamentos alusivos a las colecciones que albergaba en su interior.

El diseño exterior del Gran Depósito en Buenos Aires se debió a Olaf Petrus Boye (1864-1933), un arquitecto e ingeniero noruego integrante de la Oficina de Bateman en Buenos Aires, que trabajó bajo la dirección de otro profesional nórdico, el ingeniero sueco Carlos Nyströmer (1846-1913), representante local de dicha firma y Director de las Obras de Salubridad. Boye proyectó la arquitectura del Gran Depósito dentro del eclecticismo historicista entonces en auge en las principales capitales del mundo, combinando diversos estilos históricos, emparentados formalmente con la arquitectura francesa del Segundo Imperio y ciertos modelos centroeuropeos como el antiguo Palacio de Justicia de Amberes, Bélgica. Pero, más allá de esta consideración estilística, resulta claro que fue la inclusión de terracotas en variedad de texturas, colores y formas, lo que acentuó su exhuberancia ornamental y decorativa, y otorgó al Palacio un carácter propio, típicamente victoriano.

Para el recubrimiento se importaron más de 300.000 piezas cerámicas esmaltadas y sin esmaltar de las firmas Royal Doulton & Co. y Burmantofts Co. de Leeds, esta última proveedora de las piezas esmaltadas. Cada una de las piezas traídas en barco desde las islas tenía una letra y un número para facilitar su ubicación, a modo de un gran modelo para armar o rompecabezas, sobre los muros de ladrillos, en donde se dejaban entrantes y salientes para su fijación con material. Las terracotas abarcan toda la envolvente del Palacio, pues arquitectura y ornamentación se componen de bloques formando cornisas, pilastras, bordes de vanos (arcos, jambas, alféizares) basamentos, balaustres, arquillos, columnillas, frontis, modillones, etc. El dispositivo decorativo y ornamental se compone de paneles con motivos vegetales de vivos colores, copones, guirnaldas, y variedad de adornos, ya sea resultado de una sola pieza o bien del ensamble de varias. A ello deben sumarse 90 escudos pertenecientes a la Nación, las provincias, y a las ciudades de Buenos Aires y Rosario.

Visualmente, si procuramos abstraernos de este festival ornamental, veremos que el ordenamiento de las fachadas del Palacio no se aparta de los principios de composición que regían la arquitectura académica de la época: cada una posee un basamento o zócalo inferior con bloques de terracota de carácter rústico y pesado que simulan un almohadillado, y por encima un piano nobile compuesto por pilares enmarcando los grandes aventanamientos verticales con arcos rebajados. Estos pilares culminan, antes de llegar a la cornisa perimetral secundaria que los separan del segundo nivel, en pequeñas columnas enmarcando placas con motivos vegetales coloreados. En el segundo nivel, entre pilastras, se alternan paños ciegos con pequeños óculos, con otros en los que aparecen delgadas aberturas, más como escenografía que como iluminación de ambientes, pues en ese nivel ya se encuentran los tanques metálicos de reserva.

Para las mansardas y cúpulas de cubiertas se utilizaron pizarras de Sedán, Francia, y cresterías ornamentales y remates con pequeñas persianas de hierro fundido y zinc puro. Tras esta envolvente polícroma de alto impacto visual, se encontraba la verdadera razón de uso del Palacio: una megaestructura de hierro fundido fabricada en Bélgica por la Société Anonyme des Hauts Fourneaux, Usines, et Charbonnages de Marcinelle et Couillet, asociada a la Sociedad Anónima Sclessin de Lieja y Augusto Lecoq, de Hal. Estaba compuesta por tres pisos de cuatro tanques cada uno, es decir, un total de doce tanques capaces de contener 72.300.000 litros de agua, soportados por una malla de 180 columnas. Una de las mayores estructuras de hierro fundido del continente.

El peso total del hierro empleado en la estructura era de 16.800 toneladas. Las cañerías, válvulas exclusas, de retención y desagüe, y en general todo el sistema de distribución fue provisto por la firma inglesa Glenfield C° Ltd. Hidraulic Engineers, Kilmarnock, East Ayrshire. Con respecto a las fundaciones, las bases descansaban en un lecho de cemento Portland, extendiéndose las zapatas considerablemente a un lado y otro de las paredes, hechas con ladrillos “aprensados”, elegidos en función de su mayor o menor resistencia, ubicándose los más resistentes en las partes más bajas de las fundaciones. Sobre esta inmensa platea se levantaron macizos de mampostería de ladrillos con forma de pirámides truncadas cuadrangulares, distribuidos en damero y en coincidencia con cada una de las 180 bases de las columnas. Sobre ellos se ubicaron bloques de asiento de granito, de unos 30 centímetros de espesor por 2,10 metros de lado, sobre los cuales se apoyaban las bases de hierro de las cuatro columnas del mismo material que conformaban cada una de las 180 columnas mencionadas.

Sobre la resistencia estructural del edificio, Richard Clere Parsons -del estudio Bateman, Parsons & Bateman- explicaba que el 27 de octubre de 1894 tuvo lugar un serio terremoto en la República Argentina, el que se hizo sentir con bastante fuerza en Buenos Aires. Fue entonces cuando en los tanques se produjeron olas de 15 centímetros de altura, pero el edificio no sufrió daño alguno.

El proyecto muestra una planta cuadrada con cuatro fachadas de 90 metros de lado y 20 de altura, construidas en ladrillos y reforzadas en sus esquinas con cuatro torres, con volúmenes levemente salientes. También se practicaron refuerzos en el centro de cada costado, con volúmenes en coincidencia con sus respectivos accesos; y además con contrafuertes puestos a intervalos a lo largo de los muros, entre estos volúmenes y las esquinas. Esta decisión estructural sirvió para jerarquizar las entradas con pilares y arcos rebajados, a la vez que en el acceso principal fue ubicada una cúpula central, dominando el conjunto. Por dentro, donde estaba la estructura de hierro de los tanques de reserva, en el centro de la manzana había un patio central cuadrado de 18 metros de lado que servía de iluminación y ventilación a los distintos niveles de los reservorios.

Este ecléctico edificio constituye un testimonio excluyente del mundo del arte y de la técnica de fines del siglo XIX, por dentro y por fuera, tanto por su “catedral” de hierro interior, como por la envolvente de terracota aplicada a la construcción que jerarquiza su exterior. En mérito a sus valores patrimoniales el Palacio fue declarado en 1987 Monumento Histórico Nacional.

Desde hace unos cuarenta años el Depósito dejó de funcionar y hoy alberga un importante Archivo Histórico de Planos, con cerca de 2.600.000 planos de la ciudad, una Biblioteca y un Museo del Agua y de la Historia Sanitaria, que funcionan en el marco de un Programa de Integración Cultural creado por Agua y Saneamientos Argentinos, denominado “Fuente Abierta” y declarado de Interés Cultural por la Secretaría de Cultura de la Nación.

Dentro del citado Programa las áreas de actuación del Museo atienden a tres pilares básicos en la preservación de los bienes culturales: la investigación, la conservación y la difusión del patrimonio. Pilares que atienden al rescate y fortalecimiento de manifestaciones tangibles y no tangibles de este patrimonio. Y entre estas últimas, la memoria y sabiduría acumulada por las sucesivas generaciones de trabajadores que desde la empresa Obras Sanitarias de la Nación -y las instituciones que le precedieron- hicieron posible la consolidación y crecimiento del servicio del agua potable en nuestro país. Ellos hoy conforman un legado que el Programa Fuente Abierta se propone acrecentar, rescatando valores estrechamente ligados a la historia del saneamiento y, en especial, a la tradición de saber, aptitud y compromiso que han demostrado sus protagonistas, al servicio de la higiene y salubridad de todos los argentinos.

Planos: Archivo Histórico de Planos de AySA.

*Jorge TARTARINI. Arquitecto (FAU/UNLP, 1978). Especialista en preservación del patrimonio urbano arquitectónico. Desde 1979 desarrolla en forma sistemática trabajos de conservación, investigación y difusión del patrimonio cultural, e industrial en particular. Ha realizado numerosas publicaciones sobre historia de la arquitectura y patrimonio ferroviario y de las obras de salubridad. Guggenheim Fellow (2001). Asesor de organismos públicos y privados, locales e internacionales. Actualmente se desempeña como Director del Museo del Agua y de la Historia Sanitaria (AySA) y Vicepresidente 2° de la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos. Miembro de TICCIH Internacional y del Comité Argentino de dicha entidad.

Nota publicada en la Revista Habitat Nº68 

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