25.7.2019

Capilla de la Piedad

Proyectar un pabellón para una obra de Pablo Atchugarry, en el marco escenográfico de su Fundación supone un desafío que excede lo arquitectónico.

Cuando se unen arte, paisaje y arquitectura, se proyecta la sensibilidad del espectador a terrenos desconocidos, se establecen asociaciones inesperadas, interrelaciones sorpresivas, eventos fortuitos e imprevisibles. Bajo esta premisa, este proyecto supone una oportunidad única de experimentar cómo un espacio arquitectónico, interactuando con una obra de arte tan simbólica como “La Pietà”, pueda adquirir un carácter, digamos revelador.

La vida de la creación es un camino zigzagueante, lleno de sorpresas y relaciones insospechadas. Pablo lo sabe, es uno de los artistas más relevantes del arte latinoamericano, lleva una carera meteórica y su obra no para de conocerse en el mundo entero, conquistando los espacios más emblemáticos del arte. La verticalidad y luminosidad le confieren a su trabajo un espíritu de elevación y trascendencia. Y quizás esa cualidad, se pueda vincular con esta obra de “La Piedad”, su primera obra de gran tamaño. Sin saberlo, esta obra sería determinante en su vida y su carrera. Tampoco imaginaba que esta escultura, envuelta de dramatismo y polémica, acabaría emplazándose en Uruguay.

La arquitectura es espacio voluntario, a diferencia de la naturaleza, donde el orden y la forma no responden a la voluntad del hombre. Pensar un proyecto que establezca un dialogo con la obra de un artista, requiere abandonar todo voluntarismo. Entender su forma de trabajo, lo cual implica imbuirse de la vitalidad de su actividad creativa. Atchugarry trabaja directamente sobre la materia, no hace bocetos, la materia es la protagonista desde un inicio. El espacio proyectado debía tener énfasis en la materia, una forma pura y una implantación que dialogara con la naturaleza que la rodea.

El camino sinusoidal de acceso es un espacio de transición que prepara el ánimo para una experiencia de recogimiento. A través del acceso comprimido por la puerta de acero corten triangular y la cumbrera ascendente, el ingreso intenta provocar en el visitante la experiencia de un espacio en expansión. La estética es mínima. Todo es mínimo, el material, los gestos, la geometría. Una atmosfera austera, donde nada compite con el protagonismo de la obra, bañada por la luz cenital.

Este refugio laico, árido como una cueva, de espacialidad primitiva, en una semi penumbra, busca generar una atmosfera intimista entre el espectador y la obra.

La luz rasante que accede por la pared triangular del fondo, busca generar un marco a la obra, una metáfora de ventana a otro mundo, un halo de luz que pone límite a otra realidad. Un aura, que se proyecta en las paredes inclinadas de hormigón y cuya luz cambia de color e intensidad durante el día.

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