11.8.2008

Esa saludable anorexia

Por un largo tiempo me ha inquietado la arquitectura moderna argentina a causa de sus dificultades para bajar de peso. Ventanas en el plano exterior de la fachada, losas salientes que declaman que el muro no es, de ninguna manera, portante.

Todo es en vano: bajo esos recursos, a la postre ornamentales, se lee una robusta anatomía de ladrillos y mortero.

La arquitectura moderna fue inventada en el norte de Europa y en los Estados Unidos, sobre la base de una tradición constructiva de esqueleto y relleno, propia de su arquitectura popular.

Recordemos que ya hubo antes un Estilo Internacional que se originó en la Italia del siglo XVI y que obligó a los del norte de Europa -para ser Modernos- a diseñar y construir masivos palacios e iglesias ornamentados a la manera de los Romanos. Nos bastaría evocar los esfuerzos de Philibert de l’Orme para asimilar esa nueva arquitectura a las prácticas constructivas de una Francia todavía medieval.

Con los finales del XIX y sobre todo en el siglo XX llegó la venganza del Norte: había ahora que construir liviano para ser moderno. O para fingirlo.

Ese es el caso de la arquitectura argentina, hispano-itálica por su tradición constructiva. También es cierto para España y la mayor parte de Italia. Recordemos que en los tiempos en que Horta, en Bruselas, forzaba a la mampostería a complementar las líneas de sus esqueletos de hierro, Gaudí hacía de mampostería a la compresión sus fantásticas invenciones.

Argentina, como los países del Sur de Europa, es reacia a entregarse a una construcción magra, de esqueleto y piel. Entre nosotros el hormigón armado es como otra mampostería, bien diferente del hormigón de Perret, una traducción a ese nuevo material de los esqueletos y rellenos de madera o de hierro. Obviamente, la arquitectura de esqueleto y piel llegará a todas partes de la mano de los programas en los que se hace ineludible: edificios de oficinas en altura o grandes naves industriales.

La pared pesada se ornamentaba con los complementos de los Ordenes: cornisas, buñas símil piedra, guirnaldas, frontis más o menos dispersos por las fachadas, guardapolvos varios, y así siguiendo. Las ventanas mismas se mantenían en un discreto tercer plano, detrás de los Ordenes y de esos muros ornamentados.

Entre nosotros, y sospecho que en España también, la Vulgata de Loos fue adoptada rápidamente por quienes deseaban alinearse en el modernismo. ¡Afuera los ornamentos de todos los Estilos! Sólo que con esta fórmula quedaba a la vista una construcción pesada de mampostería, bastante parecida a nuestra construcción popular.

El retroceso de la pared pone en primer plano a la ventana. La competencia entre muro y ventana se inicia a fines del XIX y no es ajena al gusto «neogótico». Desde el momento en que los vidrios empiezan a plegarse y curvarse hacia afuera, y por lo tanto a convertirse en volumen en lugar de ser la simple negación de la opacidad del muro, estamos en camino hacia una arquitectura «de vidrio», no ya una arquitectura «con vidrio».

Una arquitectura de vidrio; ya Viollet-le-Duc nos había advertido de que, si bien una arquitectura de hierro y vidrio era posible, no era conveniente porque los ámbitos así creados eran muy fríos y muy calientes.

Posiblemente no nos damos cuenta, pero estamos regresando a una concepción de la arquitectura como «Bekleidung» -vestimenta- descripta por Semper.

Allá por el 1920, y siguiendo sólo en parte a Viollet-le-Duc, se valoraban los edificios hechos como decía Mies, de «casi nada».
El vidrio era transparente y era uno solo.

Los edificios de ahora lucen magros, casi piel y huesos. Parecen ser enteramente de vidrio -se los ve desde afuera como «sólo vidrio»- y en muchos casos también de vidrio desde adentro. Pero lo que vemos es otro vidrio. En el medio puede haber casi cualquier cosa; una parte de los sistemas que imaginábamos poner en exhibición allá por la década de 1960. Otros siguen estando a la vista, cada vez más presentables, hasta llegar a los tubos cromados del aeropuerto de Madrid, donde me distraigo pensando esto durante las prolongadas esperas a las que nos condena el transporte aéreo de hoy día.

La «piel» no es una piel, como se imaginaba años atrás. Son varias «dermis» sucesivas. El edificio tiene que parecer una libélula, pero en realidad es un rinoceronte. La piel aparente de los edificios de vidrio es como el revestimiento en mármol de los edificios romanos, que revestía una masa de albañilería, por dentro y por fuera. Una vestimenta, que desfilan graciosamente las nuevas modelos de Semper.

Publicado en la Ronda «Fuera de Tiempo» del Scalae Roberto Aisenson
Noviembre de 2006

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