5.12.2019

Inge Scholl: la activista del diseño que ‘desnazificó’ Alemania (y creó la otra Bauhaus)

Walter Gropius, fundador de la Bauhaus, la definió como una mujer capaz de pasar de las palabras a la acción. Una exposición en San Sebastián recupera su obra.


La artista Inge Aicher-Scholl, en una imagen de 1954 perteneciente al archivo del Museo de Ulm. SIGRID VON SCHWEINITZ

“Inge Scholl acompaña su idealismo con hechos y ha conseguido dinero para la escuela y sus edificios de una forma absolutamente heroica. Me hubiera gustado tener a mi lado a una mujer como ella cuando organicé la Bauhaus”. Walter Gropius, fundador de esta mítica institución, alababa así a la mujer que había ayudado a espantar el fantasma del nacionalsocialismo del diseño alemán.

Su escuela, fundada en Ulm en 1953, permitió que antiguos profesores de la Bauhaus que habían huido de los nazis, como Josef Albers o Walter Peterhans, continuaran su carrera en suelo alemán y revolucionaron por segunda vez el mundo del diseño desde este país, tal y como explica estos días la exposición principal de la segunda edición de la Bienal Internacional de Arquitectura de Euskadi (MUGAK), en San Sebastián.

Todo empezó el 22 de febrero de 1943 con la ejecución de dos hermanos de Inge Scholl, los famosos Hans y Sophie Scholl, cuando tenían 24 y 21 años. Eran integrantes de la Rosa Blanca, un grupo de estudiantes cristianos que defendía la resistencia pacífica contra el nazismo, y habían sido detenidos por la Gestapo mientras repartían unos panfletos en la Universidad de Múnich.

Condenados por traición, fueron guillotinados en la cárcel de Stadelheim al cabo de solo unos días; un doble asesinato que su hermana Inge jamás olvidó. El resto de su vida lo dedicó a defender el pacifismo de la Rosa Blanca, aunque como advertiría más tarde el fundador de la Bauhaus, Scholl era una mujer capaz de pasar de las palabras a la acción. Tras la Segunda Guerra Mundial, empezó a recaudar fondos para fundar una escuela que, en memoria de sus hermanos, enseñara a los jóvenes alemanes los valores democráticos proscritos en el Tercer Reich.

Neus Moyano, comisaria junto a Guillermo Zuaznabar de Diseño de sistemas, la exposición sobre la Escuela de Ulm que acoge hasta enero el Museo de San Telmo y el Instituto de Arquitectura de Euskadi, explica que la Bauhaus formaba parte de esa Alemania desmantelada por los nazis que Inge Scholl quería recomponer. La escuela, fundada durante la República de Weimar, había sido clausurada en 1933 debido a la ideología comunista de algunos profesores. Luego, otros como Klee, Kandinsky, Laszlo Moholy-Nagy o Johannes Itten, que además de maestros de la Bauhaus eran artistas, fueron incluidos en la famosa exposición Arte Degenerado que organizó en 1937 el régimen nazi con la finalidad de desacreditar a las vanguardias artísticas.

“En la exposición no se incluyeron obras de arquitectura o de diseño gráfico o industrial producidas por profesores de la Bauhaus, pero muchos fueron incluidos con su obra plástica”, explica Neus Moyano a ICON Design. “Junto a las de Kandinsky, profesor de la Bauhaus desde 1922 hasta su cierre, se resaltó por ejemplo que había sido ‘profesor en la comunista Bauhaus de Dessau’. Por lo tanto, el descrédito de la escuela venía de la sospecha de su ideología de izquierdas, o de haber contado con profesores relacionados con el comunismo como Hannes Meyer, director de la Bauhaus después de Walter Gropius», ilustra. «En el caso de Klee, una de las litografías que había creado para un portfolio de la Bauhaus, El santo de la luz interior, fue comparada en el catálogo de la exposición con la obra de un paciente mental, mientras que Lyonel Feiniger era sospechoso de ser judío, lo que ya de por sí constituía un motivo para ser considerado degenerado”.

El Tercer Reich, por otro lado, “se oponía al punto de vista de la Bauhaus sobre el diseño gráfico, considerado por los nazis simplemente como un medio de propaganda”, añade Moyano. Perseguidos o no, los antiguos profesores y alumnos no tuvieron más remedio en consecuencia que continuar sus carreras en el exilio, una diáspora que hizo que fuera de Alemania se fundaran o se reformaran otras escuelas con el mismo espíritu vanguardista de la ya mítica Bauhaus.

El Plan Marshall y la bendición de Gropius

La escuela era especialmente prestigiosa en Estados Unidos, donde el propio Walter Gropius había continuado su carrera docente como profesor de arquitectura en Harvard, y de ahí que Inge Scholl intentara vincular su proyecto a la Bauhaus. Quería, explica Neus Moyano, «conseguir la financiación del gobierno estadounidense, que por medio del Plan Marshall había empezado a sufragar escuelas y universidades como la de Ulm con el objetivo de desnazificar a la juventud alemana.

En 1948, aprovechó un viaje a Suiza con su marido, el diseñador alemán Otl Aicher —creador, entre otras muchas identidades corporativas, del logo de Lufthansa y de la nueva imagen de Braun— para ponerse en contacto con Max Bill, un arquitecto suizo que había sido alumno de la Bauhaus y que contaba con la confianza tanto de Walter Gropius como de Josef Albers, Ludwig Mies van der Rohe o Sybil Moholy-Nagy, todos ellos profesores en universidades estadounidenses e identificados con esa “otra Alemania” que había resistido al nacionalsocialismo.

“Max Bill estaba muy bien considerado por los americanos que tenían que pagar la construcción de la escuela. También por Walter Gropius, que desconfiaba de los jovencitos que querían fundarla, pero que dio buenas referencias de Max Bill al departamento de información americano que iba financiar el proyecto”, apunta Neus Moyano.

El aval de Gropius fue determinante. Tras aceptar Max Bill el puesto de director, el matrimonio Aicher-Scholl logró un millón de marcos alemanes como ayuda para abrir la famosa escuela de Ulm, que fundarían junto a Max Bill en 1953. Para entonces, no obstante, el proyecto inicial de Inge había cambiado mucho.

En efecto, y aunque el objetivo de “desnazificación” de la escuela se notaba por ejemplo en el internacionalismo del profesorado y del alumnado, formado en su mayoría por extranjeros para combatir el nacionalismo alemán (entre ellos Monika Buch, única española que estudió en la HfG de Ulm), lo que en un principio iba a ser un centro de carácter esencialmente político había acabado siendo, por la influencia de Max Bill, una segunda Bauhaus. Así lo destacaron la prensa alemana (“Vuelve la Bauhaus”, titular en un periódico local de Heidelberg) y el propio Walter Gropius en el discurso que pronunció en la inauguración del edificio de la escuela en 1955.

Quedó también claro con los profesores invitados por Max Bill a dar clase los primeros años (Walter Peterhans, Josef Albers, Johannes Itten, Helene Nonné-Schmidt…) o en el uso de la denominación Hochschule Gestaltung (Escuela de Diseño), un nombre que la Bauhaus había empleado en su día, y que Walter Gropius permitió que se rescatara en Ulm.

Basta pasearse estos días por la exposición de la MUGAK para comprobar la importancia de la escuela impulsada por Inge Scholl. De los productos de Apple, inspirados en los que diseñó la escuela durante su colaboración con la compañía Braun, al mueble por módulos M125 que Hans Gugelot creó para Bofinger, precedente de los de Ikea, pasando por las vajillas apilables que hoy pueden encontrarse en todas las casas, basadas en un trabajo de investigación de Hans Roericht, el logo de la Lufthansa o, sin ir más lejos, el del metro de Bilbao, diseñados ambos por Otl Aicher. Todo viene de Ulm, la escuela que acabó el dibujo del siglo XXI que había empezado a trazar la Bauhaus en Weimar, antes de que los hermanos Scholl fueran asesinados.

Fuente: El País

Leé la nota original > https://elpais.com/elpais/2019/11/28/icon_design/1574964035_534052.html

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