19.6.2012

Arquitectura para salir de la endogamia: Fredy Massad

También Fredy Massad (Buenos Aires, 1966) es un arquitecto atípico, un proyectista que no construye. Con título por la Facultad de Arquitectura, Diseño y Planeamiento Urbano de la Universidad de Buenos Aires (Argentina), es profesor Ad Honorem de la Cátedra Solsona-Ledesma-Salama de la misma Universidad desde 2009 y da clases en el BIArch (Barcelona Institute of Architecture).

Con todo, y fundamentalmente, trabaja como crítico de arquitectura en el periódico ABC y en la revista de arte contemporáneo Exit-Express. En 1996, y junto a la historiadora Alicia Guerrero Yeste, fundó ¿btbW/Architecture para investigar y realizar análisis críticos sobre la arquitectura contemporánea. Desde entonces, ambos son conferenciantes internacionales y los artículos firmados por ambos aparecen en diferentes medios internacionales de Hispanoamérica, Europa y Asia.

¿Por qué estudió arquitectura?
– No encuentro una razón concreta para justificar por qué estudié arquitectura. En mi familia no hay ningún arquitecto ni tampoco crecí en un entorno que, directa o indirectamente, me alentara a ello. Quiero creer que fueron una serie de casualidades lo que me llevó finalmente hacia esa decisión.

Cuando ingresé en la escuela de arquitectura de la Universidad de Buenos Aires a mediados de los 80, a todos se nos hacía muy difícil pensar en poder vivir de la arquitectura. Y, seguro que cargados de inconsciencia, quizá de cierta ingenuidad, y de entusiasmo, nos decantábamos por la arquitectura. Digo esto por las dudas que en este momento se están generando en España ante una de las profesiones más golpeadas por la crisis. Pertenezco a una generación que vivió intensamente sus años universitarios, y la frustración que, a priori, se podría haber pensado que sufriríamos al salir al mundo laboral, se canalizó a través de la propia determinación y el propio ingenio para ser arquitectos. La zozobra, la falta de horizontes que hoy puede provocar mucho vértigo puede ser también el cimiento para definir con osadía cómo comprometerse con la práctica de la arquitectura.

 ¿Qué esperaba de los estudios?
– Mucho a nivel de desarrollo personal e intelectual antes que a nivel pragmático. Retrospectivamente, la sensación era como la de dar un salto al vacío, una ausencia de perspectiva materialista que te otorgaba una fuerte sensación de libertad y te hacía intuir que todo lo que pudiera suceder después (profesionalmente hablando) iba a ser más de lo que podías esperar.

¿Qué ha sido lo más sobresaliente de su formación: lo que más le ha servido o alumbrado?
– En Buenos Aires se hacía especial hincapié en la formación teórica, en ocasiones en detrimento de la formación técnica. Seguramente que lo más sobresaliente fue el momento en que transcurrieron mis años de carrera: la dictadura había terminado hacía un par de años y la energía de libertad que se sentía fue irrepetible. En aquel momento, a la vez, toda la dinámica global señalaba que se estaba iniciando un nuevo tiempo arquitectónico. Por otro lado, veo ahora que era una enseñanza imperfecta pero que, gracias a esa imperfección, no te condicionaba como individuo, no inculcaba ningún tipo de dogmatismo. Lo que más me ha alumbrado, con toda seguridad, es el hecho de que la educación no estaba sólo en las aulas y los talleres. Nos formábamos como arquitectos también en el bar de la facultad, hablando de diseñar otro futuro, pensando que la arquitectura era indudablemente una herramienta social y política.

¿Cuándo y por qué optó por una dedicación profesional diferente?
– Las cosas fueron dándose por diferentes circunstancias. Cuando terminé mis estudios preferí no hacer planes a largo plazo. Estaba en una edad en que me parecía que era posible dejar mi vida librada al azar y guiarme por las intuiciones. Había estudiado fotografía paralelamente a arquitectura, lo que me permitió empezar a colaborar con revistas. También la curiosidad y cierta disconformidad me movieron a hacer entrevistas a arquitectos que me interesaban en aquel momento, buscando en la conversación con ellos respuestas de primera mano a mis propias dudas e inquietudes. Ejercí también durante un tiempo la docencia en la facultad de arquitectura. Al llegar a España en 1996, conocí a Alicia Guerrero Yeste y, de la unión de fuerzas y perfiles, creamos nuestra oficina para analizar diferentes aspectos de la arquitectura contemporánea.

¿Cómo valora económica, personal e incluso socialmente esa decisión?
– Respecto a lo económico, si uno lo aborda con mentalidad mercantilista, definitivamente nunca consideraría rentable dedicarse a esto. A nivel personal, y en el punto en que me encuentro, estoy satisfecho aunque convencido de que me queda mucho por hacer. Tomé una decisión que me permitió, de manera natural, encontrar el lugar y unas condiciones de independencia en que me siento realizado. No me había nunca detenido a hacer una valoración de la dimensión social de la decisión, pero la verdad es que no he concebido nunca mi trabajo como medio para conseguir o identificarme con un estatus.

¿Tienen los arquitectos miedo de romper la endogamia y el círculo social e intelectual en el que viven?
– Creo que no es miedo: es pánico. Y creo que en estos momentos se debe indudablemente a una cuestión de poder. El arquitecto, generalizando, se ha desconectado de la sociedad y ha conformado una casta que exhala superioridad y distancia. La actual recesión está evidenciando la necesidad de que esa actitud cambie, pero ha hecho también que los más conservadores –que se han consagrado como dueños y jerarcas de la profesión- se parapeten aún con más fuerza en ella. Producto de esto son esos artículos que han aparecido recientemente en los que, a la sombra de la crisis económica, se insta a los jóvenes arquitectos a reciclarse, pero no dentro de la profesión sino expulsándolos de ésta, y que tienen la intención de asegurar que ese monopolio y endogamia se mantienen intactos y que unos pocos seguirán siendo considerados los amos de la buena arquitectura.

Creo firmemente que el concepto de la arquitectura y el arquitecto debe evolucionar pero desde dentro de la profesión, siendo absolutamente incluyentes y rompiendo las barreras y distancias con la sociedad, aunque no vulgarizándose. Poniendo al día los postulados teóricos de la modernidad aún válidos y haciéndolo de forma que no supongan dejarse llevar por la trampa de volver a caer en los fuegos fatuos, antes elitistas y ahora cargados de populismo.

¿Qué le hizo ver que había otras posibilidades?
– En el momento en el que estudié era natural dejar abiertas las puertas a todas las posibilidades porque, seguramente, lo más remoto era la posibilidad de poder establecer un estudio y construir. La cuestión era encontrar un ámbito de actividad que permitiera sentirse dentro de la arquitectura, eso fue inicialmente para mí la docencia. Siempre me atrajo la teoría y el ámbito de la reflexión en arquitectura. Un rasgo particular de la actividad intelectual de un lugar periférico –como es Sudámerica- es recibir en igual intensidad influencias intelectuales de todas partes del mundo, algo que genera una perspectiva abierta y plural, una síntesis de muchos ejemplos y modelos.

¿Qué puede hacer la arquitectura por la sociedad más allá de los planos?
Muchísimo. Yo siento que estoy trabajando dentro de la arquitectura. Aunque creo que la arquitectura es primordialmente construir también debe haber individuos que trabajen para desarrollar en positivo un entorno intelectual, ideológico… para que ésta actúe y esto es posible desempeñarlo desde campos como la investigación académica, la experimentación con nuevos materiales, la industrialización, la gestión editorial…

El objetivo común debe ser lograr esa necesaria salida de la endogamia, volver a conectar con la sociedad. En este momento, el arquitecto debe llevar a cabo una profunda introspección, poner el tablero patas arriba: recordar que la arquitectura es política, que sirve para mejorar la vida de los individuos y la sociedad. Retomar el camino de la ética rompiendo con las ataduras que han impuesto unos arquitectos y una arquitectura que actuaron en connivencia con el proyecto neoliberal.

¿Qué consejos daría a un estudiante de arquitectura?
– Creo que cada persona debe definir y entregarse a su propia experiencia, por eso no soy muy partidario de dar consejos. Recomendaría tal vez que tome la profesión con pasión y responsabilidad. Tener en cuenta que guiarse por el instinto no suele fallar y que no traspasar nunca ciertas barreras éticas otorga seguridad. Y, por último, que pierdan el respeto hacia cualquier gurú.

Nota publicada en el blog de El País el 15 de Junio 2012 por Anatxu Zabalbeascoa

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