2.7.2024

Antonio Fernández Alba (1927-2024). In Memoriam, desde la Escuela de Arquitectura de Valladolid

Quienes hemos abierto o estamos abriendo los ojos a la luz de la arquitectura en la Escuela de Arquitectura de Valladolid ─ proyectada en 1975 y terminada en 1978 ─ podemos decir que ayer, martes 7 de mayo de 2024, hemos perdido a uno de nuestros grandes maestros: Antonio Fernández Alba.


“Pasado, presente y futuro de la arquitectura española contemporánea. Conversaciones con Antonio Fernández Alba.”, Arquitectura nº223, marzo-abril de 1980, p.23.

Crecer como estudiante o profesor al amparo de su magnífico edificio universitario deja una impronta indeleble, síntesis de las aspiraciones profesionales de un ya entonces prestigioso arquitecto y de la sabiduría de un eminente Catedrático de Elementos de Composición. Tanto en una faceta como en la otra, siempre mostró gran aprecio por la Cultura (con mayúsculas) y por el valor de la palabra como medio de reflexión intelectual, lo que le acabaría dando la oportunidad de ser el primer arquitecto en la Real Academia Española.

Su afán de vanguardia, siempre comedido pero pertinaz, le llevó a postularse críticamente contra el racionalismo de posguerra en España, cuando el llamado “Desarrollismo” no había todavía causado grandes estragos en la ciudad histórica (basta leer su premonitorio libro La crisis de la arquitectura española, 1939-1972 para comprobarlo). Esa búsqueda de alternativas le hizo tantear, desde sus inicios profesionales, otras variantes que cuestionaban en los años 60 la vigencia del funcionalismo moderno, fruto del cual es nuestro edificio de la ETSAVa. De igual importancia es su papel como renovador de la docencia en Arquitectura, cuando aún esa transformación institucional no era propicia a los cambios democráticos. Sus reflexiones ayudaron a democratizar las aulas, a difuminar los límites entre docentes y discentes, y a creer que una buena obra arquitectónica ─ como es nuestra escuela ─ puede contribuir a la mejorar la vida de una comunidad universitaria.

Y sí, nuestra escuela logró hacerlo desde su inauguración en plena Transición, lo hace actualmente, y lo seguirá haciendo, aunque tenga achaques, que todos conocemos y padecemos con paciencia, como cuando acompañamos a nuestros mayores. Porque recorrer los pasillos de nuestros departamentos con esas insólitas y decrecientes “bañeras-lucernarios” es transitar por los del californiano y póstumo Marin Civic Center de Frank Lloyd Wright; porque asomarse al vacío central del edificio de aulas y biblioteca es deambular por la Phillips Exeter Academy Library de Louis I. Kahn; porque pasear alrededor del edificio nos lleva a esa primera lección de modernidad wrightiana de los austeros volúmenes de ladrillo de las míticas oficinas Larkin, “aderezado” con algunos gestos postmodernistas; y porque usar sus incómodas ventanas cuadradas nos devuelve a la Chicago Window y a los experimentos pioneros con el vidrio para la compañía Luxfer del mencionado Wright ─ siempre su admirado Wright ─, cuando intentaba inventar el muro cortina sin disponer aún de la tecnología apropiada. Nuestra escuela es, en fin, una suma lecciones de arquitectura, un depósito de cultura arquitectónica a cada paso, como lo son todas las obras de Antonio Fernández Alba.

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