27.4.2008

Scarpa en la Feria del Libro

Carlo ScarpaHabíamos concurrido esa tarde a la Feria del Libro 2008 con el fin de asistir a un acto organizado por la Secretaría de Cultura de la provincia de Catamarca. Hablaba en la ocasión un gran amigo y colega, el arquitecto Basilio Bomczuk, y ese era un motivo sobrado para no faltar a la cita.
Al concluir el encuentro con los catamarqueños, y después de degustar algunos pasteles típicos, con el tiempo muy limitado me dispuse a partir. Pero en camino a la salida hubo una imagen que me hizo detener.
En el stand de Italia, y en el nivel más bajo de una vitrina que exhibía libros de arte, un rostro muy familiar llamó mi atención e hizo que pidiera ayuda para conocer el precio de ese volumen. En la carátula (no se podía leer el título por la posición del libro casi a ras del piso) aparecía un rostro aguileño con un cigarrillo encendido entre los labios. Esos rasgos eran inconfundibles: el pelo lacio y bien peinado, bigote y barba desprolijos y esos incisivos prominentes que lo hacían un perfecto modelo para las caricaturas. Ese era Carlo Scarpa, maestro indiscutido de la arquitectura italiana del siglo veinte.
El joven que atendió a mi consulta aclaró que esos libros no estaban en venta, que formaban parte de la colección de la Biblioteca del Instituto Italiano de Cultura, y al tiempo que lo mostraba me ofreció hojearlo el tiempo que quisiera.
Como dije antes, tenía los minutos contados, de modo que recorrí con placer -y pena por la premura- buena parte del contenido, a la vez que comprobaba que había una selección de textos de alto nivel, con autores como Francesco dal Có, veneciano como Scarpa y un admirados incondicional de su obra, y Louis Kahn, entre otros.

Arte y oficio

En algunos de mis repetidos pasos por Venecia tuve la fortuna de conocer varias piezas creadas por ese hombre singular, gran fumador y bebedor contumaz, que murió con poco más de 70 años en un episodio ignorado por muchos al que me referiré más adelante.
El primer trabajo de Scarpa que conocí fue el local de la Olivetti en Venecia, obra pequeña en dimensiones pero que condensa su vitalidad creadora y esa obsesión por los detalles y la selección de los materiales que caracterizan toda su producción.
Más tarde tuvimos ocasión de recorrer uno de sus trabajos más reveladores, la refuncionalización y puesta en valor del Castelvecchio de Verona. Se trata de una experiencia muy difícil de comunicar, ya que la sucesión de espacios hilvanados por Scarpa casi sin alterar sus rasgos originales, el uso de las luces y las penumbras, la precisión en aquellas intervenciones realizadas por él (como una originalísima escalera), y la atmósfera fascinante lograda con muy pocos elementos, sólo pueden paladearse en vivo y en directo.
Algo parecido, pero con otras sonoridades en los acordes armoniosos que manejaba, vivimos en el Cementerio de la familia Brion, en Treviso.
Años más tarde, al asistir a la Bienal de Arquitectura de Venecia, después de buscar impacientemente el lugar donde se exhibían los paneles de la delegación argentina, supimos que Jorge Glusberg y su hijo Matías los estaban colgando en el edificio de la Fundación Querini Stampalia, cerca de la Plaza San Marco. Quien conozca la ciudad de los canales sabe que no es fácil orientarse en la trama de sus calles y sus plazuelas, de modo que al cabo de un tiempo de búsqueda arribamos a un típico palacete que, apenas ingresados, nos mostró características contemporáneas de gran plasticidad. No había duda, era otra pieza filigranada de ese artista fallecido más de 20 años atrás en Tokio.

Al respecto, un ayudante de Scarpa al que conocimos (el plural alude a un viaje que hicimos con mi esposa) en el Castelvecchio de Verona, nos relató que, estando Carlo en una obra que llevaba a cabo en Japón, cayó de un andamio y encontró la muerte. Él sospechaba que el maestro tenía alguna copa de más. Ese colaborador, que compartía con el maestro largas veladas al borde del río bebiendo whisky, recordaba cómo lanzaban al torrente las botellas vacías y las inolvidables conversaciones compartidas con él. Por eso, al referirnos la forma en que falleció, aclaró que «don Carlo murió en su ley».

A esta altura de los tiempos, cuando los estudiantes corren en pos de las últimas novedades publicadas en coloridas fotografías de revistas, me pareció prudente evocar a un arquitecto cabal, que a su profunda formación artística y su capacidad creativa, sumaba un infrecuente manejo de los materiales y las técnicas constructivas, eso que no suele abundar en esta época en muchas escuelas de arquitectura: la destreza que proporciona el buen oficio.

Carlo Scarpa era ese arquitecto peculiar, artista y bohemio, dibujante obsesivo que podía detenerse a diseñar un herraje o un tornillo. Ese Scarpa que nos mira, con un cigarrillo entre los labios, desde una portada en la Feria del Libro de Buenos Aires.

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