21.7.2009

Sin muros no hay paraíso

Hemos sido testigos días atrás de un proceso de acción y reacción muy interesante: el levantamiento de un muro -impulsado por una administración municipal- con el propósito de proteger a «ricos» de «pobres», a «buenos» de «malos». Esto detonó la reacción de vecinos que sentían cercenados sus derechos y procedieron acaloradamente a demolerlo a golpes de todo tipo. Finalmente -y a destiempo- llegaron las autoridades para intentar poner en orden el caos.

Tal experiencia es por demás ilustrativa de las tensiones instaladas en el seno de una metrópolis como Buenos Aires, que desde hace un par de décadas acrecienta su tendencia a la segregación social y a la privatización del espacio público. Este sistema de relaciones se expresa en nuevas formas de residencialidad: las urbanizaciones cerradas, que privilegian valores como la seguridad, la exclusividad y la «naturaleza» para la micro-comunidad que alberga. Este producto inmobiliario se localiza de manera predominante en los partidos de la segunda y tercera corona, con preferencia sobre el corredor norte. A través del tiempo ha sostenido su crecimiento y hoy insume un área de 300 km2 para los 100 mil habitantes que residen en forma permanente. Comparativamente equivale a 1,5 vez la superficie de la Ciudad de Buenos Aires, para albergar al 3% de su población. Este proceso sólo se sostiene con un alto consumo de suelo y muy baja intensidad de ocupación.

Implica, asimismo, la necesaria transformación de tierras de valor agro-productivo -como la zona de huertas, quintas y chacras- y otras de valor ambiental -como los humedales del Delta del Paraná-. Además de los impactos en el ecosistema, la ciudad deviene en bordes difusos, en una extensa red de autopistas que los vincule, en altos costos de provisión de servicios y de extensión de infraestructuras. Desde una mirada integral, detona una problemática compleja a desenhebrar.

Este modelo, que busca preservar física y simbólicamente a unos de otros, genera tensiones sobre el mercado del suelo e instala disputas por el acceso al suelo. La periferia fue, históricamente, el área de residencia de los sectores medios y bajos. Hoy se presente como territorio de conflictos. Esta ruptura de patrones tendenciales de crecimiento fomenta las asimetrías socioespaciales, bunkerizando ciertos sectores de borde y pauperizando al extremo otros.

Cabe preguntarse si éste es el modelo de ciudad al que la sociedad aspira, buscando frenéticamente tras los muros el paraíso.

Por Guillermo Tella, con la colaboración de Alejandra Potocko

Publicado el 21 de julio de 2009 en Cronista.com

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