Córdoba es tradicionalmente uno de los polos culturales de Argentina. Parece muy acertado tomar ésta como su característica principal en una planificación conciente de “red de ciudades” que nuestro país parece necesitar para sumarse a la producción simbólica del mundo contemporáneo.





El Palacio Ferreyra fue originalmente diseñado bajo normativa “Beaux Arts”, como residencia familiar por el arquitecto francés Ernest-Paul Sanson. Su construcción data de 1914.
Como explican en su memoria GGMPU + Lucio Morini, “el hecho que un edificio con el valor patrimonial del Palacio pase de su carácter original de morada familiar a ser un edificio de uso público, que por su naturaleza debe difundir y preservar otro patrimonio agregado, plantea naturalmente problemas complejos que deben ser compatibilizados de manera que ambos patrimonios puedan coexistir sin menoscabo recíproco”. Las intervenciones generales que se realizaron muestran sostenidamente un gran esfuerzo por poder actualizar los servicios del edificio para su nueva función, sin complicar la estructura existente, manteniendo la condición predominante del gran hall central y las áreas públicas, y restaurando cuidadosamente sus pisos, terminaciones y ornamentos originales. Las partes que responden a un lenguaje contemporáneo están bien definidas y denotan la preocupación por apoyarse sobre el edificio de manera de no maltratarlo, y con la posibilidad de ser removidas en un futuro si fuera necesario. Los arquitectos trabajaron con la metáfora del montaje de fragmentos de la edición cinematográfica, y uno podría leer ciertos “cuadros” de este edificio como representativos de dos relatos definidos y superpuestos que tienen instancias experienciales claras. Resultan un poco extrañas las críticas realizadas a la intervención por algunos fanáticos patrimonialistas. El cuidado con que se ha realizado este trabajo se hace evidente desde la primera impresión al acercarse al edificio. Incluso la adaptación del acercamiento y entrada para lograr accesibilidad para todos, juega a poder vivir y recrear a través de filtros visuales, el diseño original.
Es natural que en el proceso de cambio de uso de privado a público, y en las transformaciones de los estilos de vida a lo largo de un siglo entero, se deban negociar algunas cosas. Si no, se corre el peligro de que el patrimonio devenga obsoleto perdiendo todo su sentido. Los edificios no deberían convertirse en lo que Aaron Betsky llama “la tumba de la arquitectura”, en su texto como curador de la Bienal de Venecia de este año. El edificio se transita orgánicamente. El esquema de Petit Palais está tan instaurado en nuestra cultura occidental, que sabemos perfectamente cómo recorrerlo. La mayor intervención está realizada sin alterar este esquema, tomando la lonja precedente al hall central y con una materialización que se acerca a una epifanía pop, pone en evidencia algo así como las “entrañas” del Palacio. Uno puede ver a través de filtros materiales trabajados -en tela tensada hacia las ventanas, o en vidrio cubierto con una membrana microperforada y ploteada, hacia el espacio central-, las relaciones espaciales entre los niveles que eran de uso público, privado, los servicios y la mansarda. Este espacio de proporciones atípicas por su poca profundidad en relación a su ancho y altura, en el primer momento del acceso acerca la perspectiva visual de la gran escalera ceremonial original. Cuando uno vira la mirada hacia los costados se encuentra sorpresivamente con esta superposición de los tiempos. La arquitectura debe acompañar el proceso de definición de un museo como un escenario propiciador, como contenedor de diferencias, como símbolo que puede usarse para mostrar grados de inclusión, para promover la generación de redes interpersonales, como investigación en sí misma, y como consciente representación de su propio tiempo.
En estos dos edificios nuestra disciplina se nota entendida no sólo como construcción material sino también como posibilidad de generar gestos o acciones transformadoras, traductoras, promotoras.
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